miércoles, 9 de enero de 2008

No alcanza, aguarda...


Era viernes, después me llamó C. y fuimos al cine. Supuse que ya había transcurrido el lapso de tiempo necesario para alentar una respuesta. Existen periodos patológicos donde medra tanto la imagen de lo anhelado que nuestra mirada llega a prescindir de la realidad, y aunque no un alivio sí al menos en ese momento nutrir la expectativa suponía retener un poco de seguridad o de certeza. No me gusta hablar por teléfono, siempre me pongo muy nervioso. Empecé a hacer preguntas contestándome yo mismo. La pobre mujer se encontraba ante un desconocido que no hacía otra cosa que balbucear y excusarse todo el rato tratando de averiguar como contactar con su hija; obvio que cada fibra de su sentido común le aconsejaba no darme la información, pero por lástima, o tal vez por contagio, no era capaz de negármela directamente y buscaba cualquier pretexto para eludir responderme. Al minuto resultaba tan incomodo que nada mas formular una pregunta casi prefería que no me contestara, cuando comentó que estaba trabajando en el paseo de las delicias no quise proseguir con mi interrogatorio. -Bueno, dígale que la he llamado. -Claro, se lo diré.

Caminaba hacia la biblioteca, justo en la dirección opuesta, con la mochila cargada de libros, pero si no lo hacia aquella tarde a buen seguro no lo haría nunca. La calle no es difícil de encontrar, mas teniendo en cuenta que una semana antes había bajado hasta allí para comprar un nuevo móvil. Pensé en bajar toda la calle por la acera de la izquierda y luego subir por la otra. Buscaría en algún café, eran mis últimas noticias, aunque resultaba bastante estúpido pensar que continuara trabajando en el mismo sitio después de todo aquel tiempo; además recordaba como alguna vez lamentó lo alejado que estaba de su casa y en esta calle no serían mas de dos pasos. Presumí que la madre equivocó las señas con las de su antigua vivienda, no obstante ya estaba hacia el final de la calle y de todos modos tenía que regresar. Regresando más abatido, maldiciendo más mi falta de habilidad para obtener respuestas de las preguntas, más obstinado en comprimir la vista para instalarla más allá de los escaparates de los comercios, por si de casualidad se hubiera cambiado a peluquera, dependienta, a no sé... de esa calle. ¿Qué quedaba si no? El silencio de una despedida inarticulada? El recurso de una carta sin un destino convincente? Una carta para una lectora fantasma, una carta para mi.

Luego de una plazoleta donde juegan los críos en los columpios el paseo se reintegra de nuevo a los edificios, al amplio escaparate de una zapatería deportiva y en seguida a las lunas de una de esas cafeterías fabricadas en serie donde por inercia me detuve a escrutar desde la calle a cada una de las camareras por si la distinguía entre ellas. Dos charlaban detrás de la barra y otra recogía azucareros cerca de la puerta. La iluminación del local era excesiva y contrastaba con la penumbra del piso superior al que se accedía por una escalera que brotaba de la mitad del salón. Arriba otra muchacha limpiaba las mesas, encorvada, flacucha, con el pelo negro corto, recogido en una coleta mínima como un cable pelado. No podía verle la cara pero lo supe, aun antes de alzar la mirada y verla allí, sabía que si la alzaba la vería.


Hoy regresaba a casa en la dirección contraria que ese día desandaba, mirando la oscuridad de los cristales que me devolvían una imagen fugaz de mi, regresaba con la misma sensación que experimenté al salir ese día de aquella cafetería: una necesidad de nada, un sentido de pérdida incalculable y de valentía apática. Notaba las mangas del abrigo y la tela del pantalón como si los hubieran vaciado de brazos y piernas, obedeciendo a un estímulo insignificante del aire para moverse, como ropa olvidada una semana en el tendedero, siguiendo una linea imaginaria, caminando como aquel pobre paria de Mequínez que atravesaba la carretera desafiando la embestida de los automóviles, con su mismo cabeceo ensimismado, con la misma valentía apática.

4 comentarios:

supercrisis dijo...

Ahí, ahí, publicando... esto es un no parar.

Mañana me explicas que quieres decir con todo esto, y sobre todo que pretendes al optar a mi corona de tío más melancólico.

Abrazo te doy.

el amigo de ted dijo...

¿Crees que escribir comentarios en mi propio blog es ético? (Ético en general, quiero decir) ¿Aumentaría mi nivel de popularidad? ¿Me haría éso más feliz? ¿Cuantas canciones de Ivan Ferreiro quieres que pinche en mi nueva sesión Dj Residente?

supercrisis dijo...

respuestas.

-Más que ético es estético. La peña ve muchos comentarios y eso viste mucho. Total no más! Osea!

-Créeme, no tienes nivel de popularidad. Hazte a la idea.

-Tú ya eres feliz, bribón.

-Exigo un treinta por ciento de Ivan Ferreiro si no quieres que te tire en marcha a la altura de burgos (dime que pasaremos por burgos, anda)

Qcousas dijo...

Ben, rapaz...

Espero que pasaras uns bos días por Galicia...de seguro que botarás de menos as nosas rúas humanizadas, o Máis Palá, a porta de garaxe máis bonita do mundo, as trufas da pastelería Montserrat, a cama-sofá do salón, o paté de anchoa, a Nicolás e Lola...e, como non!!!...ao Cristo pajero!

Bicos e apertas desde Vigo. Agardo a vosa nova visita (pero esta vez no verán, ok?)

E lembra que me debes:

-Un CD de música que dixeches ías gravarme
-Unha tira cómica de Nicolás
-As fotos que sacaches coa túa cámara

Agardo que voltedes no verán, cando as rapazas leven moita menos roupa...