lunes, 12 de mayo de 2008

Una tentativa excelente para un analgésico

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Estábamos tirados en el sofá azul del salón compitiendo por soltar la mayor tontería cuando se le ocurre soltarlo:
- “Pienso que los relojes deberían estar dotados de pilas más potentes, así avanzaría todo con mayor rapidez, ¿no crees?”
¡Joder! Llevaba un buen rato ingeniándoselas para hacer chascarrillos muy divertidos, ¿por qué coño tuvo que decir eso?
No lo sé, creería si el tiempo avanzara más deprisa que duele menos, que se cura antes, que termina definitivamente.


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Habíamos quedado con una de esas chicas erasmus que no saben muy bien que hacen estudiando en un país que no es el suyo. Mi colega de la universidad la había conocido en el metro hace unos días, la defendió de un impertinente y ella se sintió halagada, intercambiaron e-mail y número de teléfono antes de separarse en la siguiente estación. Como apenas conocía a nadie en Madrid mi amigo pensó que sería una buena idea quedar los tres juntos para ir al cine. No recuerdo la peli, de las malas suelo olvidarme, pero recuerdo que comenzó con retraso y encima nos tragamos diez minutos de anuncios en dolby surround; aprovechamos para ir al baño y comprar palomitas por tandas, cuando le tocó ir a mi amigo la chica se interesó por mí y comenzó a hacerme todo tipo de preguntas a las que no estaba dispuesto a contestar. Por aquel entonces yo también era universitario y cursaba una carrera que me interesaba un pimiento, así que eso fue lo primero que le dije. Ella tenía un gran concepto de la vida universitaria y aun sin atreverse consideraba que estaba perdiendo el tiempo por lo que me recomendó que si no me gustaba lo que estaba haciendo eligiera otros estudios. Tiempo, disponía de él a manos llenas, ¿por qué no perderlo?, lo único que me interesaba era prorrogar mi existencia como estudiante, no conocía otro tipo de existencia y enfrentarme al mundo adulto con sus obligaciones, facturas y declaraciones de la renta me daba pavor. ¿Pero algo te gustará? ¿Qué te gustaría hacer? ¿Qué te gustaría ser? Nada. ¿Nada? Nada, de verdad, nada de nada, preferiría no hacer absolutamente nada. Sentarme y esperar ¿Esperar qué? Nada, solo esperar. Después de esta conversación la muchacha me miraría con reservas durante el resto de la noche y las pocas veces en las que posteriormente volvimos a coincidir. Mentí.

Me gustaban un montón de cosas, me interesaba por un montón de cosas, hacía un montón de cosas que nada tenían que ver con mi próximo examen. Me gustaba saltarme las dos primeras clases para llegar antes que nadie a la videoteca y agarrar la tele del lado más oscuro, me gustaba cuando alguien que no conocía se acercaba por el pasillo y se hacía el simpático conmigo para que le prestara los apuntes que antes me habían prestado a mi, me gustaba ir a la biblioteca de filosofía y pedir libros que salieron por última vez de las estanterías cuatro años atrás, me gustaba subir hasta la azotea de la facultad de bellas artes y quedarme mirando hacia abajo y fantasear durante horas… Pero no lo disfrutaba, aunque me gustara, no lo hacía porque no ambicionaba nada con todo aquello, no quería ser nada, solo quería que el tiempo pasara deprisa para poder contabilizar un número de estadísticas mayor. Debería de este modo haberle contestado que lo verdaderamente me hubiera gustado ser es ser viejo; sí, ser viejo, un anciano, sentarme y no tener que esperar nada, sentarme en algo tan viejo como yo mientras el último sol del otoño me ayudaba a echar la vista atrás, mirar al pasado y plegar los labios socarronamente. Cuando eres viejo ya no tienes que preocuparte por como vivir, ya lo has hecho así que no tienes que preocuparte, no tienes que elegir las palabras adecuadas, no tienes que comportarte de la manera adecuada, no tienes que buscar cual es la manera adecuada… Tienes tú pasado, bueno o malo, a tu manera un greatest hits de la memoria con el que divertir a los conocidos y reforzar la constancia de lo que has sido y por lo tanto de lo que eres y de su certidumbre. En su momento me parecía una tentativa excelente para un analgésico, ser viejo solucionaba todos los problemas que se le vienen encima a un joven: no se puede dudar si a uno le gustará hacer aquello con lo que se va a ganar la vida, no, si ya te la has ganado; no tienes porqué esforzarte en ser mejor en eso que haces porque ya te has esforzado; no hace falta que intentes simpatizar con todos aquellos a los que piensas podrías caer bien, posiblemente ya sean tus amigos, si no están muertos o si no te odian; para qué tantos golpes en el pecho porque no encuentras a la chica de los chapines de rubí si a buen seguro nunca quiso estar contigo; por qué el miedo a no conseguirlo si ya no te queda tiempo para conseguirlo, a perderlo si ya lo has perdido…¡Jo! Estimaba que sería un método genial para alcanzar la felicidad, a cualquiera le correspondería la oportunidad de resolver cuanto tiempo debería durar su tiempo, cuanta vida dar por vivida. Teorizaba: gran parte de nuestra tendencia hacia el sufrimiento radica en la incapacidad de nuestros anhelos a manifestarse en la realidad, ambos, realidad y deseo permanecen sin tocarse en universos opuestos, el deseo fundamenta sus bases en una experiencia o una fantasía supuestamente placentera del pasado proyectándose y prolongándose en un hipotético futuro, pero la realidad está contenida en tiempo activo, no en el experimentado o en el proyectado, por lo tanto como el hombre no creo pueda evitar su inclinación al deseo ni a identificarse con lo deseado si anulara en la medida de lo posible esa proyección hacia el futuro menor sería la intensidad con la que sufre. La cosa era que entre mas cerca se estuviera del fin menos posibilidades tendría el deseo de proyectarse hacia delante. Sí, sí, merecía el Nobel o un honoris causa o un grammy latino, lo sé.

La gente no sería más feliz sabiendo que le queda menos por sufrir, que la cantidad de circunstancias por las que podría dolerse se ha visto reducida a la dimensión de sus esperanzas. No lo es. Si te rompes una pierna te rompes una pierna, da igual que te rompas la tibia que si te rompes la tibia, la rotula y el peroné, el resultado es el mismo, no puedes andar, al igual el dolor, si está duele, no importa que sufras porque has perdido a tus padres y tus hermanos en una guerra o que sufras porque te han echado del trabajo y no tienes huevos para decírselo a tu mujer, el sufrimiento es el mismo, lo único que cambia es su categoría ética.

Tampoco está tan mal, no es una buena teoría, no explica ni resuelve nada pero no es tan mala, a nadie se le ha ocurrido, algunos prefieren suicidarse o ignorar sus problemas, nadie ha pensado en envejecer para resolverlos, la mayoría opta por apuntarse a un gimnasio. Quién sabe, puede que la mejore, llevo rumiándola un par de semanas. Piensen por un momento que disponen de esas pilas más potentes en sus relojes, piensen que si pudieran adelantar las manecillas hasta el instante de conocer a la chica o al chico de sus sueños lo harían, sin dudar prescindirían del resto, del periodo intermedio. Piensen que cuando la chica o el chico de sus sueños les deje ustedes tomarían de nuevo su reloj y adelantarían el tiempo suficiente hasta que les doliera menos. Piensen que si el señor Tom Cruise me conociera podría proponerme hacer un remake futurista de Alatriste… Puede, puede también que ese tipo de pilas ya existan. Piensen por un momento que las pilas somos nosotros. Nosotros dictaríamos el tiempo. Piensen en ello.



miércoles, 7 de mayo de 2008

estupidoautorpuntocom


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Hoy no he tenido un buen día, ayer no tuve un buen día, y probablemente mañana no tenga un buen día. Sería bueno si pudiera quedarme las veinticuatro horas de un mal día metido en la cama, bien dormidito, hasta que pasara de largo. Pero no es tan sencillo, nunca te deja pasar de largo, alguien o algo en algún lugar de no sé dónde te obliga a hacer una nueva muesca en el calendario con tu nombre, ¿ves? Ahí vino; y después, como siempre buscas hacerte con un sitio frente a toda esa gente que hierve y pugna por existir alrededor, toda esa gente que miras ahora y odias, sin excepción, porque cuando uno tiene un mal día se mira a la gente y se odia por norma, a todos excepto al rodolfo chikilicuatre estonio y a las chicas con una depresión en el escote de más de doce centímetros.

Hay que tener mucho cuidado con las personas cuando tienen un mal día, no paran de ocasionar desorden y más desorden, caminan absortos, inflamables, con el ceño fruncido y los hombros dilatados como retando a los demás a chocar contra ellos. Cuando uno tiene un mal día no debería estarle permitido salir a la calle, ni recibir llamadas, ni poseer armas de destrucción masiva. ¿Se imaginan al tipo encargado del botón rojo con un mal día?, esa gente debe estar hecha de otra pasta, con otro modelo de perspectiva, más amplia quizá, bien en su instinto de conservación bien en su concepto de ser humano. Yo no podría encargarme de ese trabajo, aunque me dieran una televisión y un lápiz para fabricarme mis propios crucigramas. Sin ser una mala persona y arrepintiéndome de inmediato a buen seguro apretaría ese botón media docena de veces cada mes.

No tengo un buen día, pero gracias a Google tengo un blog y puedo contarlo. Hace unos meses yo no imaginaba para qué diablos podría servir un blog, tampoco en este momento lo tengo muy claro, no obstante a estas alturas ya he visto unos cuantos y casi todos van de lo mismo, hasta los temáticos. La gente anda por ahí con días malos, con el cerebro cociéndoles viejas ansias, averiguando culpas de otros, cebando soledades… no es extraño que antes de acostarnos nuestros pensamientos hayan alcanzado tal volumen que si la computadora no encendiera concluiríamos por regurgitarnos las miserias en voz alta frente al espejo. Es muy recomendable disponer de un blog, entretiene bastante, de hecho, yo no recuerdo para qué diablos utilizaba el ordenador antes de tener un blog.

En un relativo “hace poco tiempo” casi nadie daba demasiada importancia a las páginas web, pero en unos años si querías ser alguien o vender algo tenías que presumir de una web propia. La trascendencia real de internet ha aumentado considerablemente el valor de todo lo alojado en el ciberespacio por dos motivos: información libre y accesibilidad. En la historia de la cultura universal hay un antes y un después marcado por la revolución tipográfica. Los chinos o Gutenberg, pero el invento de la imprenta supuso sacar a la calle la información adquirida cultural o científicamente por el hombre a través de los siglos y a la cual solo podían acceder unos pocos. Con las letras al alcance del tendero de turno la educación, a paso de tortuga, eso sí, dejó de ser un privilegio para convertirse en una necesidad social del individuo.
Desde los inicios de internet se han desplegado diferentes formas expresivas que posibilitaban al usuario plasmar sus opiniones, bien sea mediante foros, diarios online, chats, etc. El siglo XX ha supuesto no sé cuantas guerras ganadas, una: la de la pluralidad y la libertad de información. No solo se puede acceder a ella sino que además se puede hacer a través de diversas fuentes. El disponer de diferentes versiones de un hecho estimula la elaboración de opiniones individuales, así y de la mano nos viene añadida la libertad de opinión. Internet supone otra revolución cultural porque además de ampliar el acceso a la información también elimina el monopolio de los “impresores” a la hora de transmitirla. Si después del invento de la imprenta la cultura dejó de ser prerrogativa de unos pocos, gracias a internet ser transmisor de ésta ha dejado también de ser el privilegio de unos pocos.

Pronto, sino ya, la palabra blog estará a la orden del día, con cada vez superior repercusión y poder mediático. La noticia, por ejemplo, poco a poco cambia de manos, del profesional del medio pasa al testigo anónimo; en la guerra de Irak se ha dado el caso de gente buscando antes la actualidad en los blogs de ciudadanos iraquíes y los militares que en los periódicos o en las cadenas de televisión.
Los grandes medios poco a poco se han dado cuenta de su importancia y saben que si quieren seguir controlando la emisión informativa deben aglutinar en su bando la mayor cantidad posible de corrientes de opinión, las de esta nueva progenie, la del myspace y blogger, tan difícil de homogeneizar, pero manejable gracias al recurso de la publicidad masiva.

¿Quién sabe? No solo la manera de concebir el periodismo esté cambiando, sino también la idea de la literatura como acto creativo de un autor con nombres y apellidos, incluso las relaciones entre personas… y bueno, no sé, yo solo tengo un mal día, por eso estoy escribiendo. Háganse con un blog, seremos más en la próxima fiesta de blogueros.

viernes, 18 de abril de 2008

In-humano



El silencio es algo que no te esperas. Toda tu vida esperando llegar a ser alguien y de repente...
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Es tarde ya, llevas día y medio de adelanto pero no ha servido de nada, solo estás más cansado. Llovía fuerte hace un rato, dejaste de caminar para buscar refugio y fue ahí donde te diste cuenta que habías olvidado el mp3 en casa. Ahora te gustaría escuchar a Neil Young, hace semanas que solo escuchas a Neil Young, compulsivamente. Intentas cantar alguna canción del genial “Freedom” pero no puedes cantarlas porque no las recuerdas, solo si las escuchas, solo con el tipo cantando en tus orejas también puedes cantar. Sin el mp3 estás vendido. Desde los veintitantos luchando contra esta clase de intervalos y no has conseguido ningún progreso apreciable, solo algún truco cuando surge. Solo.

Parece que afloja, parece que vuelves a tus pensamientos de siempre, a pensar que controlas lo que piensas, a sumergirte en su parloteo incontenible, pero una vez representados ya no puedes tomártelos en serio, aunque vuelvas a llenar tu cabeza de ruidos ya no es lo mismo. Ayer en los periodos de tregua concedidos por la lluvia se observaba una luz blanca, lánguida y hermosa; destacaba sobre el contorno de las cosas una definición mágica, incluso sobre las personas, era como si las empujara por la espalda para luego sostenerlas de los lados, ocupaban su espacio y su forma, eran incontestables. No deberías haber salido, por la noche no es lo mismo, el silencio al desaparecer te hace recapacitar.

La exigencia de ser alguien nunca desapareció del todo, aunque la creíste vencida no es cierto. Hace unos días te sentabas con un grupo de jóvenes desconocidos y te sentías viejo y niño al mismo tiempo. Se tomaban la vida en serio, y sonreían con ella. Te hubiera gustado interrumpirles para preguntar cómo diablos lo habían conseguido. Quien menos disponía de tres mil kilos de cordura en cada zapato, unas credenciales ante los demás y una posición en el mundo. Habían elegido. Y la elección los definía, como con aquella luz, nada podría cuestionar su éxito. A menudo pienso que más me valdría tomar partido por lo primero que se cruzara en tu camino, así al menos dejarías de envidiar a esos pobres chicos, de fingir que te aburres a tiempo completo. Pero por supuesto no quieres escuchar una palabra más sobre el tema. Prefieres mantenerte al margen, en una ambigua línea, aunque sobre las líneas no se pueda mantener siempre el equilibrio, nuestros pies poseen tres dimensiones. La gente ahí fuera lo intenta cada día, no tienes por qué ser diferente, corren riesgos, apuestan por lo que creen que les gusta y lo intentan. Pero no se puede elegir fracasar, apesta a hipocresía. A menudo pienso que estoy haciendo méritos, que me lo he ganado a pulso.


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Ha dejado de llover sin embargo la lluvia continua dentro de ti, ha empapado tus ropas y se está filtrando a través de tu piel. Si no actúas rápido es posible que alguna de esas gotas te alcance de lleno en los pulmones, los pulmones son como los gatos o como aceite caliente en una sartén, no se llevan muy bien con el agua. Hay que evitarlo. Te diré lo que vamos a hacer: vas a acelerar el paso hasta que comiences a jadear, evitarás cualquier insinuación de rodeo y tomarás la calle principal, cuando estés a salvo cierra la puerta y bebe agua en un vaso, enciende tu ordenador, cambia el perfil de tu blog por la palabra felicidad, entonces cliquea en el link que se habrá creado en azul, luego uno por uno inspeccionarás a los que aparecieron en los resultados por si desvelaran alguna clave, algún truco nuevo. Cuando hayas terminado invertirás cuatro horas más en seleccionar un par de fotografías para ilustrar este texto y eliminarás la palabra felicidad de tu perfil.

Pero no me harás caso, eres bastante tozudo. Calculas que tus ropas se secarán antes que algún órgano vital sea dañado, todavía confías que alguien no esté durmiendo y te llame por teléfono, eres un soñador; consideras: si alguna chica con nombre de origen ruso filtrara hasta mí su corazón y lo desmenuzara ya no estaría obligado a preocuparme por él, todavía puede suceder, así que vas a esperar a que se haga de día…


Con mi mp3 todo esto no estaría sucediendo, solo tendría que seguir el pulso de la música, importarlo a cada nervio y caminar, así no tendría que escucharte, ni la urgencia por clasificar cada segmento, la importancia de ser y el tiempo de regresar los perdería. Con ella sería sencillo idear un nuevo personaje, un inédito peter pan.

jueves, 3 de abril de 2008

Invitación para una noche legendaria 7.9 (versión mejorada y corregida)

boomp3.com
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“No ha llegado hasta tal punto pero para el caso debería comenzar a preocuparme”
El caso es que no hay manera de, una vez dentro, evadirse. La noche legendaria continúa y continúa, ya ni tan siquiera hay que cumplir con requisito alguno. Debería haberles advertido, no se puede jugar con estas cosas.





Seguramente muchos de ustedes habrán oído hablar el festival notodofilm. Un grupo de frikis se reúnen desde hace seis años para comerse las… no, mentira, para premiar un puñado de cortometrajes con ciertas aspiraciones cinematográficas. Lo cierto es que me trae sin cuidado, yo nunca voy al cine, de hecho odio las salas de cine, y a los actores, a los que más, pero hay que reconocer que cada edición se lo montan mejor, jamás había pasado de la tercera copa sin soltar un pavo, cuando David me aseguró que la barra libre significaba barra libre no fui capaz de concebir tamaño despliegue. Y sin duda, una fiesta donde el alcohol es gratis hasta el fin de existencias no puede menos que generar grandes expectativas. Lástima que el patrocinador sea una marca de whisky, aborrezco el whisky, podrían compartir sus derechos de envenenar al respetable con otra variedad de licores. Aunque no tengo queja, mientras la mayoría marchaba por su tercer mojito de whisky nosotros descubrimos que si entrabas en la cocina y pedías un par de vodkas naranjas te los servían sin problemas. Pero a decir verdad yo no estaba allí para beber, (mentira), esa noche me llamaba Mer y tenía una misión, fotografiar a todo bicho premiado o nominado; (no te puedes ni imaginar la cantidad de gente que se tragó que trabajaba para tu blog). Me estaba ganando mi alcohol muy honradamente.
Que si foto con el candidato a mejor imitador estético.



Que si foto con el enchufado de turno.



Que si foto con el director de una revista.



Pero el David se me aburría, estaba cansado de posar con tanto famoso indiferente. Por el duchovny, con tanta azafata pintona aburriéndose. Si sentimos debilidad por las camareras no tiene otra exégesis que el estado de indefensión en el que se encuentran ante tipos como nosotros. Y las azafatas, las azafatas de entre todas las chicas desamparadas son el premio gordo de la lotería, ni siquiera pueden refugiarse en su trabajo para ignorarte, su trabajo consiste en hacerte feliz, y todo lo demás…
Así que fuimos a por las azafatas.



Apostamos a ver cuantas chicas seríamos capaces de besar antes de caer enamorados, el que perdiera tendría que acercarse hasta la mesa de Bigas Luna, y todo lo demás…





Con tal grado de alcohol en sangre no resultaba excesivamente complicado. Aproximarse a un par de chicas guapas, contar un chiste…




… y zas!



Yo utilizaba métodos un tanto más persuasivos








Tal vez incluso demasiado persuasivos





Pero pronto llegó al extremo de alcanzar un nivel de dificultad tan insignificante que uno acababa por perder el interés en el tema…








Hubo un momento en que resultaba casi embarazoso.







Hasta que apareció Celia.



Porque no es posible bromear ni hablar ni respirar cerca de la chica de la que te enamoras, quedan pocos recursos más que no sea el tomarme como ejemplo, copiar mis técnicas de seducción, vamos…





David perdió.




Y como perdió decidimos proseguir con nuestro trabajo.











Hacerles creer que era importante para el futuro de sus carreras consentir fotografiarse con nosotros. No sé quien les dijo en sus casas: tú sí que vales, adelante chaval! No sé si les dijeron algo en sus casas, a lo mejor se lo dijeron ellos mismos, o sus novias, o buscaron la palabra talento en el google o caradura. No lo sé porque yo no presté demasiada atención a la gala, ni visioné un cortometraje sin hacia la mitad haberme tambaleado hasta la barra para pedir otra copa. No lo sé porque lo único que pretendía hacer aquella noche era aplaudir más alto que nadie cada vez que salía la campeona mundial de las azafatas a entregar un premio. Sólo sé que un ejercicio de animación de parvulario no puede ganar un gran premio de nada, solo sé que el making off no puede ser mejor que el mejor corto de ficción, ni puede que un documental ya hable de algo tan solo por editar el video de tus vacaciones en un país exótico del tercer mundo, solo sé que no se puede ir de reivindicativo ni de romántico sin un mínimo de criterio, sin una pequeña dosis de respeto por lo que estás haciendo, solo sé que me enerva la demagogia vulgar y burda. Sé que deberían prohibir a los miembros del jurado fabricarse sus propios cortos, y a los miembros de los miembros malgastar tanta pasta en subvenciones a cineastas absurdos en vez de crear de una maldita vez escuelas de cine donde los profesores destriparan la aspiración de sus alumnos por convertirse en directores-autor, deberían vaciarles la cabeza de ideas propias y ensañarle oficio, que las ideas ya te las va abriendo la vida en la piel y en el documento de identidad.
Solo sé que me hubiera gustado encontrarme con Alberto González y soltarle eso de: ¡coño! ¡Tú si que vales!





El cine es una patraña, una estafa, como también lo es el amor y enamorarse y toda esa basura, siempre acabas sintiendo que has perdido algo, son valores culturales y emocionales que el ser humano ha mixtificado. Lo único que diferencia tener una vida de mierda de una vida de mierda con un poco de amor en los bolsillos es que en el momento de cruzar los pasos de cebra antes te cercioras que el semáforo está de tu lado, sigues con las mismas ganas de desaparecer pero ahora te reservas una muerte heroica porque has conseguido atraer la atención de un espectador.

Dicho esto quiero conceder el gran premio del jurado al amigo con el que he compartido más noches legendarias desde que desterré la idea de que podría aprender algo de los libros. Gracias.

martes, 18 de marzo de 2008

Invitación para una noche legendaria

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Nunca han caminado de regreso a sus casas con las piernas arrancadas del músculo repletas de tamo, con los labios ardiendo como si el día anterior los hubiera enterrado en salmuera. No, posiblemente. Pero quizá han caminado de regreso a sus casas con la sospecha de que forman parte de un programa de la televisión, un serial con cinco páginas menos de libreto y una televisión sin espectadores. Tal vez les haya sucedido.

Usted no se sienta ante el televisor para ver su serie favorita si a ésta le falta el héroe, la víctima, el villano y la chica guapa; es del todo comprensible, yo tampoco lo haría. Pues bien, por lo habitual en eso consiste mi vida, siempre se echa de menos algún ingrediente. No es tan malo, la mayor parte del tiempo ni siquiera te das cuenta, pero llegado el caso siempre cabe la posibilidad de aceptar una invitación para una noche legendaria. Voy a tratar de explicarles en que consiste una noche legendaria y como pueden servirse de ella.

En teoría y tan sólo deben enterarse de cuando es el próximo concierto de Silvina, hacer unas cuantas llamadas (entre mas exhaustiva sea la batida en su agenda mayores serán las probabilidades) y vestirse para la ocasión. La semana pasada yo cumplí con los tres requisitos.




Resultaría patético confesar que mi principal preocupación era como conseguir no mancharme la camisa que me había costado planchar la tarde entera si seguía saludando y abrazándome con todo el mundo, así que no lo voy a decir. Diré que todo el mundo me caía bien, que estaba encantado de conocerlos a todos y que no podía menos que sentirme halagado. Me hubiera gustado escuchar a Silvina.



A Silvina ya la conocen, ha nacido para ser una estrella y lo sabe. No se puede cantar mejor ni romper más corazones. El público se veía tan entregado que nadie arriesgaba un movimiento de aproximación a la barra para pedir una copa. Cuando ella bajó del escenario todos sin excepción aun antes de que finalizaran los aplausos nos abalanzamos a por una segunda ronda con lo que muy pocos se fijaron en el bueno de Mr. Persona que tocaba un par de canciones a modo de telonero del bonus track.

“Nunca darse por vencido, nunca irse una vez terminado el concierto, nunca intentar tomar las riendas de la situación.”

Sólo de este modo, no desesperar, continuar bebiendo, responder con tu mandíbula sonriente, esperar, esperar… Seguir bebiendo. A mi alegría alcohólica le bastan un par de ginebras para tocar techo, a partir de la tercera voy recuperando lucidez y tristeza a cada trago así que si sigo bebiendo es por vicio. En el momento que nos largaron del Sideral ya habría pensado en dar la espantada si no hubiera invertido demasiado tiempo en la búsqueda de la felicidad aquella noche como para dejarla escapar. De modo que fui tras ella.

Nada mas entrar en el garito la perdí en los lavabos. El local estaba lleno de gente pirada con ganas de pasárselo bien, saltaban, reían, en fin… todo lo demás. Era tanta la cola para pedir una copa que opté por la autosugestión. Ni que decir tiene que no funcionó, además era demasiado tarde para que los corredores de fondo como yo sacaran algo en limpio por lo que reservé tres o cuatro chistes en caso de despedida forzosa.




Castro me calentaba la oreja cuando creí distinguir la chaqueta de Edu agitarse en mitad de la pista.

- ¿Dónde está David? – le pregunté.
- Allí – señalando.

Avancé hacia él pero no sé porqué a la mitad me di la vuelta para proseguir mirando a la chica y a su novio que no me quitaba ojo.
Sí, sí, Edu, estaba tan ocupado dándome penita que me había olvidado de él. Tardé cinco segundos en darme cuenta que estaba metido en problemas. Porfiaba colérico con un tipo gordo y sus amigos igual de exaltados. Llegué a su altura y los separé intentando tranquilizar los ánimos. El tipo estiró su labio inferior hacia abajo mostrándome los dientes manchados de sangre.

- Tú amigo está como una cabra, como una cabra. – gritaba.

Le pedí perdón en mi nombre, en el de mi amigo y en el de la santa misericordia. David por otro lado apaciguaba las ansias de unos gallegos de darle la paliza del siglo a este portugués que en medio minuto le partió la cara a uno, tiró la copa de su amiga y a otro le dejó un ojo a la virulé. Pero yo aun no lo sabía. Estaba persiguiendo a los gorilas del garito que en ese momento se llevaban a Edu cogido del brazo. Les rogué que lo dejaran a mi cargo, me lo llevaría a casa y asunto zanjado. Por si fuera poco en la calle Edu se encaró con ellos.

- No me podéis echar, yo he pagado mi entrada y me quedo. – berreaba.

Habíamos entrado gratis, por menos en otros locales te revientan media docena de costillas. Pero los tíos no querían jaleo. Pedí de nuevo mil veces perdón; entre tanto Edu había encontrado al gallego que golpeó y volvían a discutir. El gallego sujetaba un hielo sobre el párpado que tenía muy hinchado y a cada instante le hacia menos gracia distinguirle con un solo ojo. Afortunadamente David nos siguió y se interpuso entre ambos.





Al ver cada vez mas gente sujetándole el tipo se envalentonó y fue tras Edu que seguía erre que erre, arguyendo que el otro le había mentado la madre, en inglés para colmo. Menos mal que sus amigos eran un cielo y daban ganas de irse a tomar la última con ellos porque si no nos hubiéramos acostado calentitos. Pero como al colega le seguía doliendo el ojo y entre mas lo pensaba mas le dolía calmarle no resultaba sencillo.

- Pégame a mí - decía David - pégame a mí, te desahogas y ya está.
- No, pégame a mí, pégame a mí – a punto de quitarme las gafas.

¡Joder! No podía competir, por lo menos una igualada. Y mientras entre los dos nos rifábamos la hostia calculé que el mejor modo de solucionar esto sería enganchar a Edu, meterle en un taxi y hacerlo desaparecer. Cuando el tipo agarró un adoquín asegurándonos que le dejáramos tranquilo que solo quería irse a su casa supe que era el único modo.

Por el camino de la huida un yonqui quiso atracarnos y Edu también quería pegarle y yo solo quería largarme así que tuve que separarles, le di la mano al engendro y me disculpé porque no era un buen momento para robarnos. El tipo pareció comprender, torció la boca y nos dejó marchar.

Paralelamente David ya no se conformaba con calmar al gallego tenía que convertirlo en su amigo, así que ambos cayeron al suelo y David se rompió un dedo. Un dedo que tenía tres direcciones distintas según su relato. Lo alzó como si se tratara de emular a un John Merrick quitándose la mascara (menuda manera de dar miedo) y como si también se tratara de Mel Gibson en Arma Letal II se recolocó el dedo al mismo tiempo que evitaba a Castro (que en ningún momento fue de gran ayuda) ser atracado por varios marroquíes.

Luego me costaría dios y ayuda convencerle de que los chicos de urgencias son casi tan simpáticos como los de la ficción. El premio: un aparatoso vendaje y seis semanas de baja. De regreso, en el taxi, una vez se disipó el tenue dramatismo de la situación comenzamos a reír. Un tío con corbata y otro con un dedo quebrado partiéndose de risa a las siete de la mañana recién salidos de un hospital, el taxista tuvo que pensar que estábamos locos. Como la noche no podía terminar por si sola decidimos acabar con ella desayunado en el Lorena.

Pues eso, si usted notara que el tedio se ha convertido en una constante diaria, si su ración de emociones fuertes se ha visto limitada a mentir a su jefe y ya no sabe como afrontar su aburrida vida social fuera del televisor… no dude en ponerse en contacto con:

elamigodeted.blogspot.com ¡!!!

.Tengo la solución a sus problemas. El teléfono del portugués se lo vendo barato.
.Consultas y peticiones:

elamigodeted.blogspot.com ¡!!!




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lunes, 4 de febrero de 2008

No puedo dejar de escuchar a Wilco





Sería estupendo encontrar la excusa perfecta que eliminara cualquier responsabilidad de la ineptitud de cada uno de tus actos de mañana. Algo así como una enfermedad muy grave, tan grave que sirviera para disculpar todas tus metidas de pata, todos tus estados de ánimo, todas las idioteces que podrías llegar a decir. Algo tan correcto como una minusvalía. Podría colgar debajo de tu nariz como una señal de tráfico, un estigma perfectamente visible que generara un inmediato reconocimiento y un consecuente e incontenible flujo de compasión hacia ti. Gran parte de tus problemas tendrían arreglo o por lo menos nunca precisarías justificarte por ellos. Además piensa en las ventajas adicionales: nadie se atrevería a reírse en tu cara, todos, salvo embarazadas, tendrían que cederte un asiento en el autobús y siempre encontrarías aparcamiento… Algo así necesitas, algo como una condecoración de discapacitado emocional.

Eso te dices mientras tratas de ingeniártelas para perder el tiempo sin caer en el cándido recurso de la televisión. Son las cinco de la mañana y no dejas de escuchar a Wilco.

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Podrías pasear, eso siempre ayuda, solo hay que levantarse de la cama y apretar un poco las palmas de las manos contra la inercia, con suerte las calles ya se habrán secado y no te mojaras como casi cada noche. Tienes el abrigo puesto, estás colocándote los auriculares y antes de que te des cuenta has bajado las escaleras y tiritas mínimamente, no por frío sino por costumbre, como hay el que se santigua al salir del portal tú tiritas, finges una pequeña carraspera y te conformas con respirar; ya has reconstruido tu personaje.




“Cuando no queda en la nevera ni el típico cartón de leche solo hay una forma de comerse los cereales.”

Si fueras un filosofo dirías eso, un filosofo o un poeta, pero no lo eres, te conformas con respirar y por lo tanto sigues caminando, escuchando música y sin saber muy bien adonde vas. Si alguien te viera en este momento y te reconociera no te gustaría, aunque en el fondo, en lo más recóndito de tu mente, albergas la estúpida esperanza de encontrarte con alguien, de hecho has salido de casa solo por eso. Pero preferirías no tener que saludarle, preferirías que no te reconociera y que te dejara pasar de largo. Al final no va a ser tan buena idea ser un minusválido. No. En el fondo no te gusta, no quieres que se compadezcan de ti, en el fondo sabes que la debilidad te cuesta, que lamentarse es el consuelo que nutre a otro lamento y que la tristeza no sirve si viene acompañada; en el fondo siempre es lo mismo y con un par de veces basta.



No vas a mirar la hora pero sigues escuchando a Wilco.
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A veces te preguntas como sería ser una persona normal, dado el caso ahora podrías entrar en una cafetería y pedir un cortado. Te sentarías y sin quitarte el abrigo abrirías el periódico por la página de internacional. Dejarías que se enfriara el café como restándole importancia, como si no fuera contigo; luego, por la mitad te levantarías, dirías el que se debe al mismo tiempo que rebuscas algunas monedas y te irías dando los buenos días.
Al menos habrías utilizado media hora de tu vida de un modo apropiado. Podrías hacerlo, ser un rato como ellos, la gente normal desayuna a estas horas; pero no lo vas a hacer, porque la gente normal no desayuna a estas horas después de haber salido de sus casas a las cinco de la mañana para pasear, no serviría de nada, por eso es mejor que pases de largo y sigas caminando.



Regresarás a casa porque de verdad ahora sí tienes sueño, comienza a dolerte la cabeza, lo que te fastidia bastante porque no puedes pensar con claridad, es como tener una china en el zapato del cráneo, tampoco importa porque no has pensado grandes cosas esta noche pero te gustaría encontrarte en óptimas condiciones por si sucediera. Alinearás los pies de vuelta con una guitarra imaginaria dentro de tus bolsillos creyéndote el maldito Jeff Tweedy, cantando the late greats mientras la gente mueve ligeramente sus cabezas desaprobando tu comportamiento, pensando que no estás en tus cabales.

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Llegarás a casa y no podrás dormir. Están rehabilitando el edificio de enfrente y los albañiles una vez desayunados tienen más fuerza que nunca, así que en este minuto que viene no estaría mal que apareciera la chica con una sonrisa entre los brazos gritando tu nombre, fundiríamos en negro agradeciendo al Ayuntamiento de Madrid la gentileza de habernos prestado las calles un día más y por fin dejarías de escuchar a Wilco.





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sábado, 19 de enero de 2008

Aun por encima




El mejor insomnio es el intencionado y mejor aun si quien lo suscita no es la soledad.

No hay que confundir pasar la noche despierto con este tipo de insomnio; aunque siempre atractivo, a trasnochar le falta ese elemento de riesgo, ese poner en peligro alguna eventualidad de mañana. Al trasnochador vulgar le acomete ocasionalmente un tipo de ceguera psicológica que le hace ignorar el paso del tiempo, por lo tanto toda su exposición es inconsciente y carece de heroicidad, así y del mismo modo el insomne forzado, pues aunque a sabiendas no sería capaz de hacer otra cosa. Por eso el insomne voluntario es la elite de entre los noctámbulos, porque ama por encima de todo al presente y asume sus ojeras con orgullo.

Y mejor es si al permanecer despierto lo hacemos en ciudades que no son las nuestras y si lo son, es porque lo fueron; mejor si la ciudad huele a mar, aunque llueva un poquito; a plan imprevisto, a prometedora calle de lo que sea; mejor que huela a martini rojo, que huela a mis amigos.





Un gallego sin dormir puede cometer insolentes atentados contra la nevera, aumentar las estadísticas comerciales de las camareras o poner en peligro la reserva nacional de ducados. Uno de Madrid si no duerme luego ni siquiera puede abrir la boca para lamentarse. Pero merece la pena si el tiempo es compartido y se gasta en hablar de lo mal que lo hacen los demás o en elaborar proyectos que podrían hacer hablar a los demás de nosotros. Este gallego nos ha proporcionado otra ciudad que echar de menos, un puñado de chistes todavía sin escribir y tres días para rememorar en cualquier conversación.

No voy a decir que es una ciudad incomparable, mas porque una cortina de lluvia nos dejó apenas entreverla, pero si existiera un "a la larga" diría como María que La Coruña es una tía buena pero Vigo es con la que te casas. A Silvi le entró por el ojito derecho nada mas aterrizar, apenas nos terminamos los primeros calamares ya tenía planeado ganar la primitiva para hacerse vecina de "El Calvario", espero que no le toque porque nos tendríamos que mudar todos a Vigo. A Santi creo que le entró por las costillas.




María nos sufrió hasta altas horas de la madrugada sin una queja, como Nicolás y Lola, a los que alteramos el comer, el descanso, sus idas y venidas. Nico nos miraba curioso y cándido con sus grandes ojos amarillos sin atreverse demasiado a simpatizar con los desconocidos mientras la Lola, toda paciencia, dejaba que la acariciáramos por turnos. Nico parece un cartoon, lo primero que pensé nada mas verle fue convertirlo en un comic, y lo haré, lo he prometido.

No sé como les habremos caído al resto, a Felix y a su novia que se van a casar, a Berto con su enciclopedia musical a cuestas, a la otra María que nos enseñó unas cuantas frases de supervivencia en japonés por si se diera el caso de enamorarnos momentaneamente de una japonesa, a Lorena que nos rescató de un terrible aguacero para conducirnos a la tasca que sirve la mejor tarta de la abuela del mundo... a todos ellos un abrazo muy grande.

Destacados e imborrables. El pueblo de Galicia donde los pisos cuestan ochenta millones de las antiguas, Panxon, la playa que no tiene la ciudad. El Vigo modernista, el sireno, el gusano de arena, el cajero para automóviles, el cristo pajero... pero sobre todo las trufas más ricas del mundo, los merengues mas grandes del mundo y la puerta de garaje mas bonita del mundo.





Y el Máis Palá, la cafetería mas chula del mundo, su heterogénea decoración te atrapa antes de alcanzar la barra para pedir una copa, continúa la fascinación de su escalera inaccesible para los anchos de estómago, la preciosa planta de arriba, con sus diferentes cuartos de diferentes aires, sus tableros de ajedrez, los sillones de peluquería y los comics empapelando las paredes. Si tuviera que elegir un lugar donde vivir en Vigo sin duda elegiría la planta de arriba del Máis Palá, dudaría en encontrar un lugar para dormir pero nunca habría tenido tanta gente en mi habitación.

Sí, sí, y La Iguana Club, mítico, y todos los que faltan, todos los que no conozco y todos los fines de semana que necesito.

Si viviera en Vigo tendría un bar, si quisiera tener un bar, al menos me gustaría beber en él, se llamaría: Aun Por Encima.

miércoles, 9 de enero de 2008

No alcanza, aguarda...


Era viernes, después me llamó C. y fuimos al cine. Supuse que ya había transcurrido el lapso de tiempo necesario para alentar una respuesta. Existen periodos patológicos donde medra tanto la imagen de lo anhelado que nuestra mirada llega a prescindir de la realidad, y aunque no un alivio sí al menos en ese momento nutrir la expectativa suponía retener un poco de seguridad o de certeza. No me gusta hablar por teléfono, siempre me pongo muy nervioso. Empecé a hacer preguntas contestándome yo mismo. La pobre mujer se encontraba ante un desconocido que no hacía otra cosa que balbucear y excusarse todo el rato tratando de averiguar como contactar con su hija; obvio que cada fibra de su sentido común le aconsejaba no darme la información, pero por lástima, o tal vez por contagio, no era capaz de negármela directamente y buscaba cualquier pretexto para eludir responderme. Al minuto resultaba tan incomodo que nada mas formular una pregunta casi prefería que no me contestara, cuando comentó que estaba trabajando en el paseo de las delicias no quise proseguir con mi interrogatorio. -Bueno, dígale que la he llamado. -Claro, se lo diré.

Caminaba hacia la biblioteca, justo en la dirección opuesta, con la mochila cargada de libros, pero si no lo hacia aquella tarde a buen seguro no lo haría nunca. La calle no es difícil de encontrar, mas teniendo en cuenta que una semana antes había bajado hasta allí para comprar un nuevo móvil. Pensé en bajar toda la calle por la acera de la izquierda y luego subir por la otra. Buscaría en algún café, eran mis últimas noticias, aunque resultaba bastante estúpido pensar que continuara trabajando en el mismo sitio después de todo aquel tiempo; además recordaba como alguna vez lamentó lo alejado que estaba de su casa y en esta calle no serían mas de dos pasos. Presumí que la madre equivocó las señas con las de su antigua vivienda, no obstante ya estaba hacia el final de la calle y de todos modos tenía que regresar. Regresando más abatido, maldiciendo más mi falta de habilidad para obtener respuestas de las preguntas, más obstinado en comprimir la vista para instalarla más allá de los escaparates de los comercios, por si de casualidad se hubiera cambiado a peluquera, dependienta, a no sé... de esa calle. ¿Qué quedaba si no? El silencio de una despedida inarticulada? El recurso de una carta sin un destino convincente? Una carta para una lectora fantasma, una carta para mi.

Luego de una plazoleta donde juegan los críos en los columpios el paseo se reintegra de nuevo a los edificios, al amplio escaparate de una zapatería deportiva y en seguida a las lunas de una de esas cafeterías fabricadas en serie donde por inercia me detuve a escrutar desde la calle a cada una de las camareras por si la distinguía entre ellas. Dos charlaban detrás de la barra y otra recogía azucareros cerca de la puerta. La iluminación del local era excesiva y contrastaba con la penumbra del piso superior al que se accedía por una escalera que brotaba de la mitad del salón. Arriba otra muchacha limpiaba las mesas, encorvada, flacucha, con el pelo negro corto, recogido en una coleta mínima como un cable pelado. No podía verle la cara pero lo supe, aun antes de alzar la mirada y verla allí, sabía que si la alzaba la vería.


Hoy regresaba a casa en la dirección contraria que ese día desandaba, mirando la oscuridad de los cristales que me devolvían una imagen fugaz de mi, regresaba con la misma sensación que experimenté al salir ese día de aquella cafetería: una necesidad de nada, un sentido de pérdida incalculable y de valentía apática. Notaba las mangas del abrigo y la tela del pantalón como si los hubieran vaciado de brazos y piernas, obedeciendo a un estímulo insignificante del aire para moverse, como ropa olvidada una semana en el tendedero, siguiendo una linea imaginaria, caminando como aquel pobre paria de Mequínez que atravesaba la carretera desafiando la embestida de los automóviles, con su mismo cabeceo ensimismado, con la misma valentía apática.