Martes
Es la primera vez que camino a solas por estas calles, la primera vez de unos intermitentes tres años que tengo la oportunidad de habitarlas por mí mismo. Pienso que debería sentirme triste, abatido, furioso… o reaccionar emocionalmente de alguna manera. No lo hago, si lo hiciera estaría comprando una mentira en mi propio espectáculo, una mentira que preferiría invertir en alimentar por unos minutos la ilusión de que pertenezco a esta ciudad, que ella me pertenece. Deambulo tranquilo, Urzáiz arriba, saboreando el silencio ganado a los que han de levantarse en apenas unas horas. Imagino que yo como ellos mañana tengo un objetivo cotidiano marcado con rotulador rojo en el calendario de los propósitos.
Acabo de dejar a David recostado sobre su maleta en uno de los bancos del embarcadero. Después de terminar nuestros bocadillos también ha cesado la necesidad de continuar hablando, y el sueño ha ido a ocupar el lugar del silencio creado.
Cuando vivía en Inglaterra luego de que Marty y el otro chico surafricano se fueran vino a trabajar con nosotros Steve. Lo primero que hizo nada más llegar fue instalar la televisión que había traído de su casa y ponerse a jugar a la PlayStation. Su aspecto era el típico del hooligan desempleado y bonachón que antepondría el futbol y la cerveza por encima de las demás cosas, excepto, en caso de Steve, el té. Steve adoraba el té y adoraba tomarlo en una taza color chocolate que había traído también de su hogar, en Sunderland. Aseguraba que en ella el té sabía mejor. Andy era otro muchacho que trabajaba en el hotel, llegó después de Steve y en seguida se hicieron amigos porque los dos aun sin haberse conocido provenían del mismo barrio. A ambos les apasionaba el fútbol, la cerveza y jugar con la “Play”. Podían pasar tardes enteras sin salir de la habitación. Como Andy solía burlarse de Steve porque estaba gordo, éste se resarcía dándole autenticas palizas al “Fifa”, lo que generaba continuos piques; en uno de ellos Andy rompió la taza color chocolate de Steve y éste se disgustó muchísimo. Andy arrepentido juntó los pedazos y los unió con pegamento. Steve en dos días comenzó a echar de menos sus interminables partidas con su colega y olvidó el incidente. La taza recuperó su lugar en una de las alacenas de la cocina pero Steve no volvió a utilizarla.
He despertado con la imagen de la taza recompuesta de Steve en mi cabeza, con una estúpida pulsión de regresar en el tiempo y poner a salvo la dichosa taza antes de que nada de todo esto ocurriera.
Miércoles
Está sentada en una de las mesas de la abarrotada terraza con otras dos personas. No nos espera, por eso al vernos se levanta sorprendida y nos brinda una espléndida sonrisa y un abrazo. Saco de la bolsa su regalo escoltando el gesto con un feliz cumpleaños. Lo desenvuelve cuidadosamente y después de mostrárselo a los demás lo resguarda junto con los otros en una esquina de la mesa. Parece cansada, observo sus ojeras perennes, más marcadas que de costumbre; aun así luce tan fascinante y hermosa como siempre.
Bebo mi segundo Martini mientras la conversación continua sin dueño brincando de un tema a otro. Visualizo cada una de las palabras danzando mansamente sobre mis párpados, induciéndome poco a poco a una extraña categoría de hipnosis.
A esas palabras que habían cobrado movimiento y forma se les han ido añadiendo otras microscópicas que van tironeándome de la piel con sus minúsculas manitas, empujan hacia dentro, atravesando el músculo hasta llegar al hueso y luego un poco más; todas hacia un mismo punto, estirando desde las uñas de los pies o el cartílago de las orejas hasta un vórtice indefinido debajo de la clavícula izquierda. Dado que no me duele las dejo hacer. Contemplo cómo me desvanezco, como mis miembros van adquiriendo la cualidad de lo invisible. Estoy a punto de desaparecer cuando María me pesca.
- ¿Qué te pasa? – me pregunta – ¿por qué estás tan callado?
- Nada. – miento – No me pasa nada.
Jueves
Hay demasiada luz para seguir durmiendo, aun con el brazo sobre los ojos la distingo ocupando y confiriendo volumen a los muebles del salón. Me levanto y pliego el sofá cama. Voy colocando todo tal y como recordaba haberlo encontrado la noche anterior. Me dirijo después a la cocina, friego los platos sucios de la cena y busco algo para desayunar en la nevera. Me apetecería comer un yogur o tal vez un poco de fruta. Bajo al supermercado, aprovecho para comprar los ingredientes de esa paella que hace seis meses prometí que haría. En el exterior hace mucho calor, de vuelta en el ascensor noto mi camiseta pegada a la espalda por la transpiración. Lo primero que hago ya en casa es meterme en la ducha. Extiendo la cortina de baño y abro con cautela el grifo de agua caliente. Gradualmente combino también el de agua fría para buscar la temperatura adecuada. Sin embargo no lo consigo. En este grifo parece existir un tope doméstico, el cual una vez traspasado confiere a la ducha una presión tal que nada tiene que envidiar a los cañones de agua que utiliza la policía en las manifestaciones. Pero si lo cierro por debajo de ese tope para que la presión disminuya no logro el caudal suficiente para enfriar el agua que prácticamente hierve en el otro grifo. Decido que prefiero arriesgarme a perder un ojo antes que cocinarme vivo. Como los mantengo bien cerrados para evitar lo primero no me doy cuenta que de a poco la presión del agua va desplazando en su soporte la alcachofa de la ducha hasta colocarla en posición vertical. Cuando lo hago la columna de agua arrecia contra la pared de enfrente. Salgo de la ducha y achico el agua del suelo inundado. Las bañeras de María no se llevan bien conmigo.
Viernes
Lola sube a mi regazo en busca de mimos. Se los dispenso mientras mi mano izquierda continua jugueteando con el mando a distancia. Miro la hora, todavía falta un buen rato para que llegue María del trabajo. La gata pronto se cansa de mis caricias y salta elegantemente del sofá en busca de un rincón más fresco. La imito. Apago la tele y salgo a la terraza.
“No hay nada peor que hacer sentir a un amigo que no es suficiente”. Fue una de las frases que anoche dijo María en nuestra larga conversación. Parecería irónico que yo con lo listo que me considero nunca antes lo hubiera pensado, nunca lo viera de ese modo; la amistad desde el otro lado, el lado del otro. Más que irónico habría que decir temerario, necio o incluso frívolo si se tiene en cuenta mi expediente. Hasta cierto punto he sido durante toda mi vida un especialista en convertir las fiestas en funerales sin importarme demasiado quiénes estaban a mí alrededor y de qué manera podría afectarles. Esos momentos en la noche por ejemplo, que ando por mi tercera copa y el alcohol no ha logrado hacer efecto, en los que rodeado de gente pasándoselo bien pierdo por despiste el tren de la euforia… es ahí cuando ya sin hacer pie me acomete un acceso de histerismo dramático y autocomplaciente, donde toda la tristeza del mundo pasa a ser de mi propiedad, eclipsando per se al mundo del que vino y en concreto a las personas que están a mi lado. Lo grave es que esas personas suelen ser mis amigos, que me ven alejarme compungido sin poder hacer nada, como si su alegría no fuese suficiente, como si su amistad no fuese válida. Sí, es injusto, y lo es más porque ni siquiera lo había tenido en cuenta, no de ese modo.
Sábado
Escucho a una divertida María relatar parte de los acontecimientos de la noche que mi memoria ha pasado por alto. Cuando ayer le dije que quería quemar Vigo no me imaginaba que antes de eso el garrafón de sus garitos me quemaría el cerebro. Recién levantados de una dilatada y merecida siesta rehacemos los planes de la tarde. Calcula que disponemos de más o menos dos horas para realizarlos todos. Ir a la oficina de Correos por cuarta vez en la semana, pasar por el estanco y comprar lo necesario para en la cena disfrutar de las mejores albóndigas del mundo.
Cumplimos de sobra. El tiempo extra lo gastamos en un rincón del barrio de Bouzas, la taberna O’ Peirao, todo un descubrimiento, con martinis en vaso de tubo por encima del cuarto hielo a uno noventa. En el interior un grupo de parroquianos se ha arrancado a cantar canciones populares. María no entiende por qué estoy tan sorprendido, me pregunta si en Madrid de vez en cuando no sucede lo mismo. Le contesto que no. Escuchamos en silencio su improvisado repertorio mientras la luz del día va revistiéndose del color de la roca.
De vuelta en casa constato que, en efecto, las albóndigas de María son las mejores del mundo.
Domingo
No tengo prisa por entrar en el mar, los mejillones de la feria y la zorza todavía se disputan parte de mi estómago. Me conformo con observar a los demás bañarse en él. Pienso en los amigos de María, cada cual más distinto que el otro y sin embargo prevalece en ellos una facilidad en el trato envidiable. Presumo que si les preguntara por separado que esperan de la amistad del otro cada uno me daría una respuesta diferente, no obstante en la práctica, en el día a día nadie podría afirmar que no comparten una misma definición.
Me pregunto que tienen ellos que me falta a mí. Casi al punto la pregunta se responde por sí sola. Equilibrio. Yo poseo un buen concepto de amistad, no hay nada de malo en él. Ellos también disponen de uno, y es diferente al mío porque yo soy y pienso distinto a ellos. A su vez ellos son distintos y tienen maneras de pensar distintas, y al igual que no existen dos patrones totalmente idénticos en este mundo tampoco sus conceptos de amistad han de ser exactos. Pero al ponerlos en práctica tienden hacia un equilibrio, uniéndose por lo que procuran en común y no por lo que divergen. Debe ser esa la manera entonces, concluyo precipitadamente, alimentar el propio de lo que tomamos del de los demás, enriquecerlo, medrar.
Dejo las indagaciones extemporáneas a un lado porque el sol me está achicharrando la espalda. Me sumerjo centímetro a centímetro en las frías aguas de la ría, redimen al instante el complejo de culpa que mi errabundo discurrir me ha provocado.
Porque también supongo habrá diferentes grados de equilibrio, algunos más íntegros, algunos más precarios y otros, imposibles, como diría el amigo Ferreiro.
Lunes
Nos sentamos en una terraza cerca del embarcadero. Pedimos un café y una coca cola mientras esperamos el ferry que nos trasladará a Cangas. Es extraño ver a Elena aquí, en una ciudad a la que indefectiblemente tengo asociados rostros que pertenecen con exclusividad a este lugar. Una ciudad que por hábito consigno a la acción de visitar, no a la de ser visitado.
En Cangas nos reunimos con Pato que nos espera sentada como de costumbre en La Marina. Las chicas congenian al momento. Charlan distendidas de sus espacios, raíces y recuerdos. Luego Pato se ofrece como guía y nos lleva hasta el antiguo complejo industrial de la conservera Massó, cuya nave central ahora abandonada se asemeja más al gigantesco y descarnado vientre de una ballena varada en la orilla que a una factoría. Ballenas que Pato recuerda vívidamente de su infancia, despiezadas en el muelle de la conservera y convertidas en aceite. Explica como el mar se teñía de rojo y el aire avinagrado debido a las emanaciones de la ballena se tornaba irrespirable.
Nuestra mini excursión finaliza en un incongruente estanque de agua dulce a dos pasos de la costa. Luego desandamos el camino de vuelta al núcleo urbano. Elena nos deja un rato después, debe tomar el autobús que la llevará a casa, hacia la ría de Aldán. Pato también me abandona, se encuentra algo cansada y mañana debe levantarse temprano. La acompaño. Ya en el portal nos despedimos hasta el año que viene.
Como falta poco más de una hora para que salga el último ferry a Vigo resuelvo apurar el tiempo que me resta dando una vuelta por el paseo marítimo. Me detengo antes de llegar a la playa de Rodeira y me siento en uno de los enormes bloques de piedra que componen el rompeolas. Me descalzo y quedo contemplando como la luz al menguar su intensidad va confiriendo a un mar que se me antoja sólido una modulación desigual.
Al incorporarme deslizo sin querer una de las alpargatas con el pie, cae por entre las rocas fuera de mi alcance. Me percato de inmediato que no voy a poder recuperarla así que tomo la que me queda en la mano y camino descalzo hacia el muelle. Las alpargatas habían estado toda la semana conmigo, cobijando mis pies, y en todo ese tiempo no les presté el mínimo cuidado, en cambio ahora después de pisar un par de vidrios con el pie desnudo se me antojan el artículo más importante e imprescindible de la creación.
Como todo en la vida, supongo, no se aprecia realmente lo que uno tiene hasta que se pierde.
En Vigo el taxista me pregunta entre jovial y preocupado si tengo pensado pagarle la carrera. Al verme caminar descalzo por la ciudad, me aclara, lo primero que se le ha pasado por la cabeza es que si no tengo dinero para conseguir unos zapatos tampoco lo tendría para abonar el servicio. Le digo que no se inquiete, que seguro no es lo más raro que ha sucedido en su taxi. Mi réplica parece tranquilizarle a la par que suelta su lengua. Dejo de escucharle a los dos minutos. Elijo especular sobre lo primero que pasó por mi cabeza en el momento que ya la había dado por perdida.
Martes
Mi vuelo se ha retrasado cuarenta y cinco minutos. Por megafonía piden disculpas a los pasajeros. Muchos de ellos llevan prácticamente los cuarenta y cinco minutos de pie haciendo cola junto a sus maletas y ninguno, advierto desconcertado, se le ha ocurrido regresar a los asientos y tan sólo esperar.
Este mediodía Lore me llevó a comer al restaurante del Museo del mar, donde lo mejor no es la comida, son las vistas, el espectacular paisaje de la Ría de Vigo. Me ha sorprendido la facilidad con la que hemos conversado, como si no hubiéramos estado sin vernos las caras alrededor de un año. Luego se nos ha unido Kayto y juntos hemos visitado el acuario. La señorita del museo nos explicó algunas cosas curiosas de la fauna del litoral. Disfruté la visita, sin embargo la visión de esa pecera gigantesca y la de sus aletargados habitantes logró entristecerme. A la salida me despedí de Kayto que tenía planes para más tarde y Lore me condujo a casa. Me despedí también de ella.
De camino al aeropuerto apenas he cruzado palabra, la derrota que me contagiaran con su mirada los peces me ha perseguido dentro del coche, ha ido mezclándose con un principio de nostalgia anticipada y una hipótesis de huida posible. La que me permitiría una prolongación de otra vez: las mejores vacaciones del mundo.
No recuerdo si dije: gracias María, gracias chicas… lo escribí y lo puedo decir ahora… aunque en rigor lo que me gustaría decir sería: nos vemos en el Ecos en media hora.
… y jueves.
Cuelgo y largo un joder tan enérgico que el móvil salta de mi mano y se estrella contra la acera. Recojo y monto las piezas a la vez que continúo caminando. Lo enciendo y lo apago en tres ocasiones. Compruebo aliviado que funciona.
Nunca recibo malas noticias, al menos no de esta envergadura. No sé si he mantenido el tipo, el tipo que como mínimo requeriría esta situación. Estar tranquilo, infundir ánimos… No sé si lo he hecho bien. Sé que después de que dijera noventa y nueve por ciento el chiste recurrente que habíamos utilizado las dos semanas previas ha dejado de tener gracia. Docenas de cosas han dejado de tener gracia. En un noventa y nueve por ciento.
Reacciono por fin. Triste, abatido y furioso.
sábado, 28 de agosto de 2010
jueves, 8 de julio de 2010
...olvidamos a Winona
1
Mi madre dice niño ya está bien. Entra en el cuarto, me mira con la cara tiesa, luego sale y apaga la luz. Mi madre dice sal a la calle que hace buen día.
La escucho hablar sola en la cocina, moviendo cacharros de un lado a otro. Subo el volumen de la radio. Me encanta este programa, dan viejas canciones de los ochenta que no conozco, suena Electricity de OMD, cabeceo al ritmo de la música y sigo dibujando.
De la calle llegan mi hermana y su amiga Sandra. Se sirven unos refrescos y entran en la habitación de al lado. También las escucho a ellas. Hablan del nuevo cuatrimestre en la universidad, de lo mal que está todo, de cómo van a hacer para conseguir un trabajo cuando terminen, hablan de la “Generación X”. Yo no sé que es la Generación X pero suena bien y me gustaría formar parte de la misma.
Sandra golpea suavemente la puerta abierta y me sonríe. Pregunta si puede entrar, le digo que claro. Me gusta Sandra, ella no es muy guapa, está un poco gorda, tiene bigote, y se viste con ropa vieja y demasiado ancha. Pero siempre que viene me trae algo. Hoy ha sacado de su bolso dos nuevos números de Xenon y otros dos de Crying Freeman, de este último me advierte que carga alguna viñeta subida de tono, que mejor no lo deje tirado por ahí, sonríe. Yo no tengo dinero para comprarme cómics, sino fuera por ella todavía continuaría releyendo mis roñosos tebeos de los X-Men. Charlamos durante horas, le enseño mis dibujos, mis primeros intentos de construir un cómic. Ella los mira y los remira. Luego critica algún asunto sin darle demasiada importancia, animándome al punto a continuar con la historia. A veces se hace demasiado tarde, entonces repara angustiada en la hora y se levanta para despedirse. Odia que esto suceda. Cuando mi madre termina de preparar la cena la obliga a quedarse. Es algo maniática con eso de las comidas, sólo come ciertos alimentos y en determinado orden, las tortillas de patata y embutidos de mi madre rompen de una patada todos sus ritos digestivos. Como no quiere menospreciar la comida que le ofrecen prueba un poco de cada cosa para al rato excusarse con que está llena. Observo su cara de sufrimiento y me burlo de ella con la espontaneidad ridícula de mis quince años. Ella pone la cara como si me odiara. Sonrío.
2
Seis meses después dejo caer la linterna al suelo y sofoco una carcajada de entusiasmo aplastando mi rostro contra la almohada. He terminado de leer Cien años de soledad y acabo de perder el miedo a la literatura “seria”.
Cuando me calmo compruebo que no haya roto la linterna, aquí arriba, en esta parte de la casa no hay luz eléctrica y si me la hubiese cargado me llevaría una buena bronca. Hace un par de veranos que elegí dormir aquí mientras duraran nuestras vacaciones en el pueblo, separado del resto de mi familia que descansan al otro lado del patio. Los antiguos hogares rurales solían estar divididos en dos departamentos, uno para su uso como vivienda y otro para su utilización en las diferentes labores del campo. En el tiempo en que mi abuelo se enfadó con su esposa habilitó uno de los cuartos del taller como dormitorio. Vivieron diez años en la misma casa sin apenas cruzar palabra. Aun permanece tal y como lo dejara, sin más muebles que una cama plegable y un minúsculo armario empotrado. Tal vez por eso me guste, porque está vacío. En noches de mucho calor me tumbo sobre el entarimado y me pongo a leer por si me viene la fatiga y logro conciliar el sueño. Casi siempre después de un par de horas de lectura lo consigo, pero hoy ha tenido el efecto contrario. Un efecto semejante, por tonto que parezca, al que siendo crío experimentaba al resolver algún problema matemático de la escuela, no a causa de haber hallado la solución sino por el modo en el que había llegado a ella, por la comprensión del proceso.
Me veo bajando cautelosamente las escaleras como si hubiera dejado de ser yo el que las baja, como si fuera otro el que entra de manera furtiva en la cocina y elige galletas y queso como alimentos básicos para una supervivencia y yo solo leyera: Después de cargar la mochila dejó una nota en la ventana con un sucinto me voy de excursión, vuelvo mañana.
Ese mañana llega al cuarto día, con el atardecer y mis padres esperándome aterrados en la embocadura del patio. Mi madre está llorando y comienza a regañarme, mi padre está detrás de ella, sentado, con sus enormes manos sujetándose la cabeza. Comprendo de súbito otro proceso, que mi manera de entender la realidad no es ni por asomo común al resto de las personas que conozco, que son muy diferentes y que cada cual ya ha hecho su propia interpretación de la misma.
Mi padre se levanta de la silla, avanza unos pasos hacia mí y me da una bofetada tan fuerte que me tira al suelo.
3
And they wonder why those of us in our twenties...
refuse to work an 80-hour week...
just so we can afford to buy their BMWs...
why we aren't interested...
in the counterculture that they invented...
as if we did not see them disembowel their revolution...
for a pair of running shoes.
But the question remains...
what are we going to do now?
How can we repair all the damage we inherited?
Fellow graduates, the answer is simple.
The answer is...
The answer is...
I don't know.
El texto pertenece al discurso de graduación de una estudiante universitaria estadounidense. El discurso pertenece a la voz de Lelaina Pierce. Lelaina vive en Houston, comparte piso con su amiga Vickie, trabaja como asistente de producción en un programa de la televisión local y en sus ratos libres le gusta grabar en video a sus amigos. Lelaina es un personaje de ficción. En la próxima hora y media habitará circunstancialmente en el televisor de la casa de mis padres. Aunque tardará mucho más en desaparecer de mi mente. De hecho en la siguiente semana creeré haberla visto en el rostro de más de una docena de chicas reales. Incluso años después pensaré que en realidad es de la imagen que nos enamoramos y no de la persona. Que la imagen por tanto sirve para creer en los demás como nosotros pensamos que podemos amarles. Y que al fin y al cabo lo único que amamos es la idea que tenemos del querer. Una idea que posiblemente nunca sea la idónea, y que tal vez ni siquiera nos pertenezca.
Pero por ahora solo estoy disfrutando de una película.
4
No me cree cuando le digo que fue el propio Ben Stiller quien dirigió Reality Bites, tengo que dejar de reírme para convencerla. Se siente un tanto decepcionada, le encanta esta peli, cuando menos esperaba un director de culto. Le explico que el Stiller de entonces no es el mismo tipo que acaba de estrenar Algo pasa con Mary, era joven, no tanto como nosotros ahora pero con todavía inquietudes y preguntas sin resolver, y le ofrecían la posibilidad de dirigir su primera cinta sobre la base de un guión muy estimulante, un guión que hablaba de ellos mismos, de él, de Winona, de Ethan… de sus padres divorciados, de sus amigos, de sus aspiraciones… Cuando eres joven quieres contar cosas, supones que tienes cosas que contar. Ella me mira de hito en hito, esperando que continúe mi perorata, de algún modo me ha tomado por una especie de enciclopedia cinematográfica, y yo aliento esa imagen creada porque en verdad no tengo otra cosa de que presumir, así que cuando hace las preguntas difíciles, esas para las que no tengo respuestas, trato de soltar un rollo para confundirla o directamente me las invento. Algunas veces son tan increíbles y descaradas que le entran auténticos ataques de risa. Su carcajada suena franca y cautivadora, al menos a mí me lo parece; contando, claro, que soy algo pendejo y que ando bastante colado por ella.
Acompaño a Diana dos veces por semana hasta la puerta de su casa. Tan solo en esos dos días coinciden nuestros turnos en el restaurante. Como salimos después de que el último metro haya pasado me ofrezco a acompañarla. No me importa tener luego que desandar el camino para llegar a la mía. Hace un año tenía otro trabajo, salía también bastante tarde y como le gusta caminar casi siempre regresaba dando un paseo. En una de esas noches la asaltaron dos individuos, uno llevaba una navaja, el otro la sujetó por detrás. El de la navaja le hizo un corte en un brazo cuando ella intentaba defenderse. Al final agarraron de su bolso el monedero y el walkman y salieron corriendo. Estuvo un mes entero sin salir de casa.
Al principio no hablábamos mucho, yo me limitaba a escoltarla hasta su portal, intercambiando apenas algunas frases de compromiso acerca de los gustos y hobbies de cada uno. Con el tiempo esos treinta minutos de paseo eran lo mejor que me pasaba en la semana. Estoy a punto de soltarle eso mismo cuando me dice que va a dejar el curro. Le pregunto que por qué. Me responde que ha estado buscando trabajo fuera de España y que ayer recibió noticias de una familia en Australia que le ofrece un empleo de au pair. Afirma que quiere hablar bien inglés para cuando vuelva optar a un buen puesto de trabajo. Ya, le digo, lo que no entiendo es por qué tan lejos, por qué no Londres o Edimburgo que son solo unas horas de avión. Me aclara que cuando uno se marcha es mejor hacerlo lo más lejos posible, que en Australia no podrá regresar tan fácilmente, que si le entra el pánico y comienza a echar de menos a su familia se lo pensará dos veces antes de tirar por la borda su proyecto inmediato de vida. Le pregunto cuáles son sus expectativas. Cambiar, dice, vivir sola, hacerlo en un lugar diferente, con otra cultura, con otra gente, conocer a esa gente, viajar… Al decir esto entorna los ojos, desvía la mirada y se calla. Yo no me atrevo a hacer más preguntas.
Cuando llegamos me da un beso y me pregunta qué quiero que me traiga. No lo sé, le digo, tráeme algo bonito.

Mi madre dice niño ya está bien. Entra en el cuarto, me mira con la cara tiesa, luego sale y apaga la luz. Mi madre dice sal a la calle que hace buen día.
La escucho hablar sola en la cocina, moviendo cacharros de un lado a otro. Subo el volumen de la radio. Me encanta este programa, dan viejas canciones de los ochenta que no conozco, suena Electricity de OMD, cabeceo al ritmo de la música y sigo dibujando.
De la calle llegan mi hermana y su amiga Sandra. Se sirven unos refrescos y entran en la habitación de al lado. También las escucho a ellas. Hablan del nuevo cuatrimestre en la universidad, de lo mal que está todo, de cómo van a hacer para conseguir un trabajo cuando terminen, hablan de la “Generación X”. Yo no sé que es la Generación X pero suena bien y me gustaría formar parte de la misma.
Sandra golpea suavemente la puerta abierta y me sonríe. Pregunta si puede entrar, le digo que claro. Me gusta Sandra, ella no es muy guapa, está un poco gorda, tiene bigote, y se viste con ropa vieja y demasiado ancha. Pero siempre que viene me trae algo. Hoy ha sacado de su bolso dos nuevos números de Xenon y otros dos de Crying Freeman, de este último me advierte que carga alguna viñeta subida de tono, que mejor no lo deje tirado por ahí, sonríe. Yo no tengo dinero para comprarme cómics, sino fuera por ella todavía continuaría releyendo mis roñosos tebeos de los X-Men. Charlamos durante horas, le enseño mis dibujos, mis primeros intentos de construir un cómic. Ella los mira y los remira. Luego critica algún asunto sin darle demasiada importancia, animándome al punto a continuar con la historia. A veces se hace demasiado tarde, entonces repara angustiada en la hora y se levanta para despedirse. Odia que esto suceda. Cuando mi madre termina de preparar la cena la obliga a quedarse. Es algo maniática con eso de las comidas, sólo come ciertos alimentos y en determinado orden, las tortillas de patata y embutidos de mi madre rompen de una patada todos sus ritos digestivos. Como no quiere menospreciar la comida que le ofrecen prueba un poco de cada cosa para al rato excusarse con que está llena. Observo su cara de sufrimiento y me burlo de ella con la espontaneidad ridícula de mis quince años. Ella pone la cara como si me odiara. Sonrío.
2
Seis meses después dejo caer la linterna al suelo y sofoco una carcajada de entusiasmo aplastando mi rostro contra la almohada. He terminado de leer Cien años de soledad y acabo de perder el miedo a la literatura “seria”.Cuando me calmo compruebo que no haya roto la linterna, aquí arriba, en esta parte de la casa no hay luz eléctrica y si me la hubiese cargado me llevaría una buena bronca. Hace un par de veranos que elegí dormir aquí mientras duraran nuestras vacaciones en el pueblo, separado del resto de mi familia que descansan al otro lado del patio. Los antiguos hogares rurales solían estar divididos en dos departamentos, uno para su uso como vivienda y otro para su utilización en las diferentes labores del campo. En el tiempo en que mi abuelo se enfadó con su esposa habilitó uno de los cuartos del taller como dormitorio. Vivieron diez años en la misma casa sin apenas cruzar palabra. Aun permanece tal y como lo dejara, sin más muebles que una cama plegable y un minúsculo armario empotrado. Tal vez por eso me guste, porque está vacío. En noches de mucho calor me tumbo sobre el entarimado y me pongo a leer por si me viene la fatiga y logro conciliar el sueño. Casi siempre después de un par de horas de lectura lo consigo, pero hoy ha tenido el efecto contrario. Un efecto semejante, por tonto que parezca, al que siendo crío experimentaba al resolver algún problema matemático de la escuela, no a causa de haber hallado la solución sino por el modo en el que había llegado a ella, por la comprensión del proceso.
Me veo bajando cautelosamente las escaleras como si hubiera dejado de ser yo el que las baja, como si fuera otro el que entra de manera furtiva en la cocina y elige galletas y queso como alimentos básicos para una supervivencia y yo solo leyera: Después de cargar la mochila dejó una nota en la ventana con un sucinto me voy de excursión, vuelvo mañana.
Ese mañana llega al cuarto día, con el atardecer y mis padres esperándome aterrados en la embocadura del patio. Mi madre está llorando y comienza a regañarme, mi padre está detrás de ella, sentado, con sus enormes manos sujetándose la cabeza. Comprendo de súbito otro proceso, que mi manera de entender la realidad no es ni por asomo común al resto de las personas que conozco, que son muy diferentes y que cada cual ya ha hecho su propia interpretación de la misma.
Mi padre se levanta de la silla, avanza unos pasos hacia mí y me da una bofetada tan fuerte que me tira al suelo.
3
And they wonder why those of us in our twenties...
refuse to work an 80-hour week...
just so we can afford to buy their BMWs...
why we aren't interested...
in the counterculture that they invented...
as if we did not see them disembowel their revolution...
for a pair of running shoes.
But the question remains...
what are we going to do now?
How can we repair all the damage we inherited?
Fellow graduates, the answer is simple.
The answer is...
The answer is...
I don't know.
El texto pertenece al discurso de graduación de una estudiante universitaria estadounidense. El discurso pertenece a la voz de Lelaina Pierce. Lelaina vive en Houston, comparte piso con su amiga Vickie, trabaja como asistente de producción en un programa de la televisión local y en sus ratos libres le gusta grabar en video a sus amigos. Lelaina es un personaje de ficción. En la próxima hora y media habitará circunstancialmente en el televisor de la casa de mis padres. Aunque tardará mucho más en desaparecer de mi mente. De hecho en la siguiente semana creeré haberla visto en el rostro de más de una docena de chicas reales. Incluso años después pensaré que en realidad es de la imagen que nos enamoramos y no de la persona. Que la imagen por tanto sirve para creer en los demás como nosotros pensamos que podemos amarles. Y que al fin y al cabo lo único que amamos es la idea que tenemos del querer. Una idea que posiblemente nunca sea la idónea, y que tal vez ni siquiera nos pertenezca.
Pero por ahora solo estoy disfrutando de una película.
4

No me cree cuando le digo que fue el propio Ben Stiller quien dirigió Reality Bites, tengo que dejar de reírme para convencerla. Se siente un tanto decepcionada, le encanta esta peli, cuando menos esperaba un director de culto. Le explico que el Stiller de entonces no es el mismo tipo que acaba de estrenar Algo pasa con Mary, era joven, no tanto como nosotros ahora pero con todavía inquietudes y preguntas sin resolver, y le ofrecían la posibilidad de dirigir su primera cinta sobre la base de un guión muy estimulante, un guión que hablaba de ellos mismos, de él, de Winona, de Ethan… de sus padres divorciados, de sus amigos, de sus aspiraciones… Cuando eres joven quieres contar cosas, supones que tienes cosas que contar. Ella me mira de hito en hito, esperando que continúe mi perorata, de algún modo me ha tomado por una especie de enciclopedia cinematográfica, y yo aliento esa imagen creada porque en verdad no tengo otra cosa de que presumir, así que cuando hace las preguntas difíciles, esas para las que no tengo respuestas, trato de soltar un rollo para confundirla o directamente me las invento. Algunas veces son tan increíbles y descaradas que le entran auténticos ataques de risa. Su carcajada suena franca y cautivadora, al menos a mí me lo parece; contando, claro, que soy algo pendejo y que ando bastante colado por ella.
Acompaño a Diana dos veces por semana hasta la puerta de su casa. Tan solo en esos dos días coinciden nuestros turnos en el restaurante. Como salimos después de que el último metro haya pasado me ofrezco a acompañarla. No me importa tener luego que desandar el camino para llegar a la mía. Hace un año tenía otro trabajo, salía también bastante tarde y como le gusta caminar casi siempre regresaba dando un paseo. En una de esas noches la asaltaron dos individuos, uno llevaba una navaja, el otro la sujetó por detrás. El de la navaja le hizo un corte en un brazo cuando ella intentaba defenderse. Al final agarraron de su bolso el monedero y el walkman y salieron corriendo. Estuvo un mes entero sin salir de casa.
Al principio no hablábamos mucho, yo me limitaba a escoltarla hasta su portal, intercambiando apenas algunas frases de compromiso acerca de los gustos y hobbies de cada uno. Con el tiempo esos treinta minutos de paseo eran lo mejor que me pasaba en la semana. Estoy a punto de soltarle eso mismo cuando me dice que va a dejar el curro. Le pregunto que por qué. Me responde que ha estado buscando trabajo fuera de España y que ayer recibió noticias de una familia en Australia que le ofrece un empleo de au pair. Afirma que quiere hablar bien inglés para cuando vuelva optar a un buen puesto de trabajo. Ya, le digo, lo que no entiendo es por qué tan lejos, por qué no Londres o Edimburgo que son solo unas horas de avión. Me aclara que cuando uno se marcha es mejor hacerlo lo más lejos posible, que en Australia no podrá regresar tan fácilmente, que si le entra el pánico y comienza a echar de menos a su familia se lo pensará dos veces antes de tirar por la borda su proyecto inmediato de vida. Le pregunto cuáles son sus expectativas. Cambiar, dice, vivir sola, hacerlo en un lugar diferente, con otra cultura, con otra gente, conocer a esa gente, viajar… Al decir esto entorna los ojos, desvía la mirada y se calla. Yo no me atrevo a hacer más preguntas.
Cuando llegamos me da un beso y me pregunta qué quiero que me traiga. No lo sé, le digo, tráeme algo bonito.
lunes, 31 de mayo de 2010
Violación y mostaza
1

Me he presentado con más de una hora de adelanto a la fijada para la salida del tren que me llevará a Rabat. Como no quiero acabar la biografía de Paul Bowles leo todo lo despacio que puedo, recreando algunos de los pasajes en mi mente para luego volver a leerlos. Dentro del tren permanezco dubitativo, voy recorriendo vagón tras vagón desde segunda clase hasta primera sin decidirme en que compartimento quiero entrar. Aunque no había mucha gente esperando en el andén dentro parecen haberse multiplicado. Al final me meto en uno que está ocupado por una sola persona, un hombre grueso y un tanto somnoliento. Antes de que el tren se ponga en marcha entra un señor vestido de traje oscuro con un maletín y una voluminosa bolsa de plástico negro. Ambos, el señor grueso y el recién llegado intercambian saludos mientras yo finjo mantenerme concentrado en mi lectura. A los pocos minutos de movernos el señor de traje oscuro baja la bolsa de plástico del portaequipajes donde previamente la había colocado y comienza a vaciar su interior. Al estar justo enfrente no puedo asegurar que se trate de una obra pictórica pero salta a la vista que es un lienzo. Queda observándolo por un lapso suficiente para que tanto el señor grueso como yo nos sintamos interesados. El otro hace un comentario aprobatorio. Le insinúo sí es posible que también yo pueda echarle un vistazo. Como se siente complacido saca los restantes lienzos que aun guarda en la bolsa. Una serie de manchones y rayados de los cuales se logra distinguir el contorno de un rostro. Los otros tres restantes parecen pertenecer a una serie compositiva, algo así como una vista panorámica dividida en tres secuencias de tiempo. Nos explica que son obra de un estudiante de arte de la escuela de Tetuán. Amablemente el señor grueso y yo alabamos los cuadros y los comentamos con mayor amplitud de lo que merecen.
El propietario de los cuadros habla un español universitario, es un hombre culto, apasionado por las artes y las ideas liberales. Más tarde descubriré que es profesor de francés en la Universidad. Charlamos animadamente, para simpatizar con él digo que yo también soy medio artista, ilustrador en concreto, dibujante. Él asiente con la cabeza. Busco en mi mochila el cuaderno de dibujo que apenas he utilizado durante el viaje. Es una lástima que solo haya cuatro bosquejos de no muy buena calidad pero me es útil para iniciar una más que interesante conversación.
Departimos de arte, de la cultura marroquí, de las tradiciones del mundo musulmán. Expone sus ideas con claridad y convicción. Sostiene que la vida moderna debe renovar la circunscrita mentalidad del marroquí, frente a la visión teológica de la vida se manifiestan multitud de otras visiones, como el amor, el juego, la política, el arte… si se limita el campo perceptivo a tan sólo una visión religiosa del entorno en los demás campos no será capaz de cambiar ni de adaptarse a los tiempos. La normativa religiosa es antigua y permanece anquilosada por siglos en la tradición, mientras que el mundo a su alrededor cambia vertiginosamente sin que el Islam pueda asimilarlo.
La tertulia en la que intervendrá también el señor grueso que luego averiguaremos desempeña un oficio relacionado con el arte se desarrolla en árabe, francés y español. El profesor hace las labores de mediador y traductor puesto que el otro aun comprendiendo mi idioma no se nota con confianza suficiente para hablarlo. Esto motiva extensos diálogos entre ellos de los que me excluyen. El profesor me explica que nuestro interlocutor es un artesano y a colación de este dato nos habla de un artista marroquí que trabaja el cuero en el sentido tradicional pero utilizando a nivel compositivo la libertad y la abstracción propias del arte moderno. Extrae de su valija un libro de arte donde se recogen algunos de sus trabajos.
- Muy sugestivo – comenta él – puedes apreciar aquí el cuerpo de una mujer desnuda, ves, en esta elegante curva, bastante sensual e innovador para la cultura árabe.
Me presta el libro que examino encantado mientras ellos vuelven de nuevo a conversar en árabe. Al devolvérselo él se interesa por mi ocupación.
- ¿Estudias o estás trabajando?
Le contesto que ambas. No sé por qué ya por dos veces en el viaje he mantenido la misma ficción.
- Soy estudiante de fotografía. – Supongo que es algo que en cierta ocasión tendré que ser.
Al preguntarme por cuál es mi línea, cuáles son mis fotógrafos favoritos, no logro atinar otros nombres que los ya manidos Helmut Newton, Cartier-Bresson, Man Ray y etc. Como la respuesta aparenta haberle decepcionado me invento un tal Juan José Hinojosa para dármelas de “indie”. Más satisfecho se interesa por mis motivaciones a la hora de hacer fotografías. Le digo que busco principalmente la musicalidad, el ritmo como vehículo para ordenar la composición de la mirada fotográfica, por ejemplo en la arquitectura, en el espacio dentro del espacio, la ventana hacia el interior, hacia el infinito… Alabo por ello la particular disposición urbana de Tánger y lamento de pasada el robo de mi cámara en esa ciudad. Segunda ficción necesaria que trae consigo un sentimiento indirecto de compasión y afecto.
Vuelve a buscar en su valija y me muestra otro libro de arte en el que se incluyen algunas fotografías estupendas de un artista local. Me intereso por el libro y pregunto si puedo hojearlo con detenimiento. Me lo tiende y sonríe. Se bajará en la próxima estación, debe tomar otro tren hasta Mequínez, pero antes volverá a hablar locuazmente sobre cómo está conformada la mentalidad del marroquí medio. Aprovecho, ya que es época, para preguntar si el pueblo recibe el mes de Ramadán con alegría o con resignación.
- Con resignación – me contesta.
Considera que el hombre posee una memoria interior y otra exterior. Para el ciudadano marroquí esta última mira hacia fuera a través de los medios de comunicación, prensa, TV, internet, se adapta a los cambios y a los nuevos imperativos sociológicos, pero la memoria interna permanece anclada en el pasado. La Memoria Interior del musulmán conoce muy bien quién es él, de dónde proviene, qué le ha hecho llegar a ser lo que es, pero es una memoria arcaica, ordenada en base a unas normas dictadas hace siglos y que impiden al individuo reconocerse como tal, obligándole a comportarse y a actuar de un modo determinado, repitiendo cánones una vez tras otra. Esta memoria actúa como impedimento creativo, frenando el desarrollo natural de la sociedad y de la cultura de un país.
- La Educación es la clave – afirma – ése es nuestro problema.
2

Ya no me parece tan buena idea. El sueño que negué a la noche del domingo exige ahora autoritariamente ser restituido. Dejo de leer y me froto los ojos con fuerza. De ningún modo quiero dormirme, no aún, tan cerca de mi destino. Pero sé que la caminata hasta Chamartín y el cansancio acumulado del día anterior al final se cobrarán la deuda frente a mi empeño por permanecer despierto. Tampoco es que me importe mucho, en realidad no estoy disfrutando del viaje, ni siquiera sé por qué lo estoy haciendo.
Practico un tonto juego de mi infancia, visualizo a Clark Kent persiguiéndome en una loca carrera campo a través, le imagino pegando saltos de veinte metros, abriéndose paso con su inhumana zancada a través de los campos, poderoso pero todavía grávido, todavía no demasiado veloz como para llegar a la altura de mi vagón y golpear la ventanilla.
Cuando despierto me incorporo con un escalofrío. Me duele el cuello horrores. Siempre me sucede lo mismo, nunca he encontrado la posición adecuada para adaptar el sueño a los asientos de aviones, trenes o autobuses. Luego arrastro las molestias durante una semana.
Un señor mayor con bigote me indica que hemos llegado, le doy las gracias mientras observo cómo se levanta renqueante hacia las puertas de salida. Ha estado sentado junto a mí durante todo el trayecto y estas han sido las únicas palabras que hemos cruzado. Me recuerda al profesor universitario que conocí hace años en mi viaje por Marruecos. No porque albergara algún tipo de parecido con él sino porque inapreciablemente he anhelado que al abrir los ojos se encontrara allí.
Le hubiera dicho que estuve pensado en lo que explicó, que yo asimismo considero que la mente del hombre se compone de una memoria externa y otra interna. En una registra la experiencia activa del entorno y en la otra la emoción vivida. La primera provoca la aparición de la segunda, y la segunda condicionará el registro de las subsiguientes primeras; así una y otra vez…
La memoria acumula la información desde un mismo punto del paisaje, lo que facilita que sea más fácil identificarnos con ella, extraer un quién soy yo, el cómo me llamo. Esta identificación se hace más fuerte con el paso del tiempo, acercando cada vez más la experiencia al ego, el acto a la memoria. Una memoria que nos viene ya vieja y gastada por otros tantos millones que han vívido de la misma manera que nosotros suponemos única.
Como si año tras años acortáramos un palmo la cuerda que impide escapar al burro cuando está paciendo. Giraría en círculos concéntricos hasta tropezar con su propio trasero.
Tal vez sea un movimiento inevitable, incluso necesario.
Me adentro en la ciudad caminando despacio, cabizbajo, con una deshilvanada idea convertida en deseo; me encantaría creer que mi tren es especial, que sus círculos concéntricos son más amplios que la mayoría, que siempre rodeará la misma montaña una y otra vez teniéndola por el punto más alejado en el horizonte.

Me he presentado con más de una hora de adelanto a la fijada para la salida del tren que me llevará a Rabat. Como no quiero acabar la biografía de Paul Bowles leo todo lo despacio que puedo, recreando algunos de los pasajes en mi mente para luego volver a leerlos. Dentro del tren permanezco dubitativo, voy recorriendo vagón tras vagón desde segunda clase hasta primera sin decidirme en que compartimento quiero entrar. Aunque no había mucha gente esperando en el andén dentro parecen haberse multiplicado. Al final me meto en uno que está ocupado por una sola persona, un hombre grueso y un tanto somnoliento. Antes de que el tren se ponga en marcha entra un señor vestido de traje oscuro con un maletín y una voluminosa bolsa de plástico negro. Ambos, el señor grueso y el recién llegado intercambian saludos mientras yo finjo mantenerme concentrado en mi lectura. A los pocos minutos de movernos el señor de traje oscuro baja la bolsa de plástico del portaequipajes donde previamente la había colocado y comienza a vaciar su interior. Al estar justo enfrente no puedo asegurar que se trate de una obra pictórica pero salta a la vista que es un lienzo. Queda observándolo por un lapso suficiente para que tanto el señor grueso como yo nos sintamos interesados. El otro hace un comentario aprobatorio. Le insinúo sí es posible que también yo pueda echarle un vistazo. Como se siente complacido saca los restantes lienzos que aun guarda en la bolsa. Una serie de manchones y rayados de los cuales se logra distinguir el contorno de un rostro. Los otros tres restantes parecen pertenecer a una serie compositiva, algo así como una vista panorámica dividida en tres secuencias de tiempo. Nos explica que son obra de un estudiante de arte de la escuela de Tetuán. Amablemente el señor grueso y yo alabamos los cuadros y los comentamos con mayor amplitud de lo que merecen.
El propietario de los cuadros habla un español universitario, es un hombre culto, apasionado por las artes y las ideas liberales. Más tarde descubriré que es profesor de francés en la Universidad. Charlamos animadamente, para simpatizar con él digo que yo también soy medio artista, ilustrador en concreto, dibujante. Él asiente con la cabeza. Busco en mi mochila el cuaderno de dibujo que apenas he utilizado durante el viaje. Es una lástima que solo haya cuatro bosquejos de no muy buena calidad pero me es útil para iniciar una más que interesante conversación.
Departimos de arte, de la cultura marroquí, de las tradiciones del mundo musulmán. Expone sus ideas con claridad y convicción. Sostiene que la vida moderna debe renovar la circunscrita mentalidad del marroquí, frente a la visión teológica de la vida se manifiestan multitud de otras visiones, como el amor, el juego, la política, el arte… si se limita el campo perceptivo a tan sólo una visión religiosa del entorno en los demás campos no será capaz de cambiar ni de adaptarse a los tiempos. La normativa religiosa es antigua y permanece anquilosada por siglos en la tradición, mientras que el mundo a su alrededor cambia vertiginosamente sin que el Islam pueda asimilarlo.
La tertulia en la que intervendrá también el señor grueso que luego averiguaremos desempeña un oficio relacionado con el arte se desarrolla en árabe, francés y español. El profesor hace las labores de mediador y traductor puesto que el otro aun comprendiendo mi idioma no se nota con confianza suficiente para hablarlo. Esto motiva extensos diálogos entre ellos de los que me excluyen. El profesor me explica que nuestro interlocutor es un artesano y a colación de este dato nos habla de un artista marroquí que trabaja el cuero en el sentido tradicional pero utilizando a nivel compositivo la libertad y la abstracción propias del arte moderno. Extrae de su valija un libro de arte donde se recogen algunos de sus trabajos.
- Muy sugestivo – comenta él – puedes apreciar aquí el cuerpo de una mujer desnuda, ves, en esta elegante curva, bastante sensual e innovador para la cultura árabe.
Me presta el libro que examino encantado mientras ellos vuelven de nuevo a conversar en árabe. Al devolvérselo él se interesa por mi ocupación.
- ¿Estudias o estás trabajando?
Le contesto que ambas. No sé por qué ya por dos veces en el viaje he mantenido la misma ficción.
- Soy estudiante de fotografía. – Supongo que es algo que en cierta ocasión tendré que ser.
Al preguntarme por cuál es mi línea, cuáles son mis fotógrafos favoritos, no logro atinar otros nombres que los ya manidos Helmut Newton, Cartier-Bresson, Man Ray y etc. Como la respuesta aparenta haberle decepcionado me invento un tal Juan José Hinojosa para dármelas de “indie”. Más satisfecho se interesa por mis motivaciones a la hora de hacer fotografías. Le digo que busco principalmente la musicalidad, el ritmo como vehículo para ordenar la composición de la mirada fotográfica, por ejemplo en la arquitectura, en el espacio dentro del espacio, la ventana hacia el interior, hacia el infinito… Alabo por ello la particular disposición urbana de Tánger y lamento de pasada el robo de mi cámara en esa ciudad. Segunda ficción necesaria que trae consigo un sentimiento indirecto de compasión y afecto.
Vuelve a buscar en su valija y me muestra otro libro de arte en el que se incluyen algunas fotografías estupendas de un artista local. Me intereso por el libro y pregunto si puedo hojearlo con detenimiento. Me lo tiende y sonríe. Se bajará en la próxima estación, debe tomar otro tren hasta Mequínez, pero antes volverá a hablar locuazmente sobre cómo está conformada la mentalidad del marroquí medio. Aprovecho, ya que es época, para preguntar si el pueblo recibe el mes de Ramadán con alegría o con resignación.
- Con resignación – me contesta.
Considera que el hombre posee una memoria interior y otra exterior. Para el ciudadano marroquí esta última mira hacia fuera a través de los medios de comunicación, prensa, TV, internet, se adapta a los cambios y a los nuevos imperativos sociológicos, pero la memoria interna permanece anclada en el pasado. La Memoria Interior del musulmán conoce muy bien quién es él, de dónde proviene, qué le ha hecho llegar a ser lo que es, pero es una memoria arcaica, ordenada en base a unas normas dictadas hace siglos y que impiden al individuo reconocerse como tal, obligándole a comportarse y a actuar de un modo determinado, repitiendo cánones una vez tras otra. Esta memoria actúa como impedimento creativo, frenando el desarrollo natural de la sociedad y de la cultura de un país.
- La Educación es la clave – afirma – ése es nuestro problema.
2

Ya no me parece tan buena idea. El sueño que negué a la noche del domingo exige ahora autoritariamente ser restituido. Dejo de leer y me froto los ojos con fuerza. De ningún modo quiero dormirme, no aún, tan cerca de mi destino. Pero sé que la caminata hasta Chamartín y el cansancio acumulado del día anterior al final se cobrarán la deuda frente a mi empeño por permanecer despierto. Tampoco es que me importe mucho, en realidad no estoy disfrutando del viaje, ni siquiera sé por qué lo estoy haciendo.
Practico un tonto juego de mi infancia, visualizo a Clark Kent persiguiéndome en una loca carrera campo a través, le imagino pegando saltos de veinte metros, abriéndose paso con su inhumana zancada a través de los campos, poderoso pero todavía grávido, todavía no demasiado veloz como para llegar a la altura de mi vagón y golpear la ventanilla.
Cuando despierto me incorporo con un escalofrío. Me duele el cuello horrores. Siempre me sucede lo mismo, nunca he encontrado la posición adecuada para adaptar el sueño a los asientos de aviones, trenes o autobuses. Luego arrastro las molestias durante una semana.
Un señor mayor con bigote me indica que hemos llegado, le doy las gracias mientras observo cómo se levanta renqueante hacia las puertas de salida. Ha estado sentado junto a mí durante todo el trayecto y estas han sido las únicas palabras que hemos cruzado. Me recuerda al profesor universitario que conocí hace años en mi viaje por Marruecos. No porque albergara algún tipo de parecido con él sino porque inapreciablemente he anhelado que al abrir los ojos se encontrara allí.
Le hubiera dicho que estuve pensado en lo que explicó, que yo asimismo considero que la mente del hombre se compone de una memoria externa y otra interna. En una registra la experiencia activa del entorno y en la otra la emoción vivida. La primera provoca la aparición de la segunda, y la segunda condicionará el registro de las subsiguientes primeras; así una y otra vez…
La memoria acumula la información desde un mismo punto del paisaje, lo que facilita que sea más fácil identificarnos con ella, extraer un quién soy yo, el cómo me llamo. Esta identificación se hace más fuerte con el paso del tiempo, acercando cada vez más la experiencia al ego, el acto a la memoria. Una memoria que nos viene ya vieja y gastada por otros tantos millones que han vívido de la misma manera que nosotros suponemos única.
Como si año tras años acortáramos un palmo la cuerda que impide escapar al burro cuando está paciendo. Giraría en círculos concéntricos hasta tropezar con su propio trasero.
Tal vez sea un movimiento inevitable, incluso necesario.
Me adentro en la ciudad caminando despacio, cabizbajo, con una deshilvanada idea convertida en deseo; me encantaría creer que mi tren es especial, que sus círculos concéntricos son más amplios que la mayoría, que siempre rodeará la misma montaña una y otra vez teniéndola por el punto más alejado en el horizonte.
viernes, 16 de abril de 2010
Diez metros de ventaja
1

Me dice que ya no puede recordar cómo era antes y yo estoy tentado a preguntarle qué tendría de bueno recordarlo pero me callo. Ha respondido de manera críptica a mi pregunta, no disfruto de su confianza y no quiere de buenas a primeras darme demasiada información sobre su vida privada, aun así me basta, comprendo lo que quiere decir. Hace unos años obtuve una respuesta similar a esta misma pregunta.
Nos refugiábamos de la lluvia apretándonos contra la fachada del polideportivo, una lluvia recurrente que había convertido el por lo común intrascendental camino de vuelta a casa en una conversación interminable.
Yo la miraba sin hablar, como esperando de mi silencio una réplica espontánea y eficaz a su voz, como si bastara una mera dilatación de las pupilas para que las gotas de agua que le descendían por el cabello se convirtieran en lágrimas al resbalar por sus mejillas.
También ella quedó callada, mirándome, y con la insolencia de mis veinte años dije que el pasado es como una casa llena de viejos electrodomésticos que ya no funcionan, un almacén de recuerdos acerca de las cosas que solíamos hacer con ellos.
Parecería idiota oprimir el botón de encendido aun sabiendo que no va a prender pero no obstante lo hacemos, en parte nos gusta y a la larga determina qué es lo que somos.
Nada más decir esto paró de llover. Ambos guardamos silencio al reemprender la marcha. Cuando nos despedimos yo desconocía que no nos volveríamos a ver así que no le di demasiada importancia a concluir la noche con un simple: mañana nos vemos.
Ahora que lo sé ya es solo un recuerdo.
2
Hará cosa de un mes recibí en mi correo dos e-mails casi consecutivamente de dos personas que de un modo u otro desaparecieron de mi entorno sin más. La alegría inicial por recuperar el contacto perdido se trastocó en desilusión al abrirlos y descubrir que no eran más que mensajes spam. Podría no significar nada pero me pareció la tacita y moderna manera de declarar la defunción de un vínculo.
Presupongo que existirán miles de maneras de dar por terminado un vínculo, y que de entre ellas la pareja más mortífera de todas es sin duda el paso del tiempo y la distancia. En otras ocasiones sin embargo basta con una sola frase o incluso con unas pocas palabras desafortunadas de algún otro pasando por tu boca. Lo curioso es que después de la frase, el tiempo y la distancia la verdadera causa del final sea el reencuentro.
A la semana de recibir esos correos después de salir del trabajo como otras tantas veces no me apetecía regresar directamente a casa por lo que me desvié sin un rumbo definido de la geodésica habitual que utilizo a diario. En la esquina de la calle Toledo con la Colegiata bajaban tres jóvenes charlando y riendo. A uno de ellos lo reconocí de inmediato, a pesar de que su pelo ahora fuera rojo y de unas ojeras más marcadas de lo que recordaba encajaba con exactitud con la imagen que guardaba en mi memoria.
No es la primera vez que contemplo un fantasma por eso después de algo más de cinco años no me sorprendió verla de nuevo, se me aceleró el ritmo cardiaco un poco, o tal vez bastante no lo sé. Esperábamos la apertura del semáforo en aceras opuestas lo que me permitió observarla con detenimiento hasta que reparó en mí, tras unos segundos de confusión me reconoció.
Entra dentro de lo posible que en todos esos años de desencuentro gastara prácticamente un cuarto en pergeñar un diálogo si esta situación llegara a acontecer y sin embargo ahora que se me ofrecía la oportunidad abría esa lata y me daba cuenta que ya había caducado.
3

Miro a Elena y a Chopi acordar los planos que se harán durante el rodaje y tengo que morderme la lengua en varias ocasiones para no intervenir y tratar de imponer mi criterio. No hay nada ensayado, solo disponemos de unas pocas horas para rodar, los actores no se saben el guión y el sonidista que voy a ser yo es la primera vez que tiene en las manos un juguete tan fascinante como un Dat. Coqueteamos más con el desastre que con cualquier otra cosa pero es echar a andar y todo fluye, esa cosa va funcionando, como si las exigencias del rodaje impusieran el mejor método por si solas. Conectamos cuatro o cinco momentos mágicos, donde mi grito de sonido se encadena naturalmente con el de cámara, la claqueta y la orden final de acción. El mérito no es nuestro pero el privilegio de disfrutarlo sí que lo es, el mismo que llevaron a John Ford, Welles o Pasolini a hacer sus películas, el prodigio que representa ser testigo de cómo va moldeándose de carne, piel y uñas unas cuantas ideas garrapateadas en un papel.
Le brillan los ojos de la excitación cuando termina el rodaje, me acerco a preguntarle qué le ha parecido todo, si ha disfrutado tanto como yo intuyo que se puede hacer. Me asombra comprobar que ella ya lo había multiplicado por cuatro.
4

Es divertido ver al chico de los Dorian esforzándose por enardecer el ánimo de un público que solo está interesado en vaciar sus minis de cerveza mientras esperan la salida del grupo por el que realmente han pagado su entrada. Hasta ahí es divertido, y lo es porque no es nada de lo que estabas esperando.
Comienzan a lo grande, sabedores de que la gente ya ha justificado la felicidad comprada para la noche de hoy con el simple hecho de verles aparecer en el escenario. Cantas la canción con ellos, formas parte del coro desafinado de la masa por unos instantes, hasta que oyes ese crack interior tan familiar que se ha repetido de diversas formas a lo largo de tu vida, y te preguntas justamente por esto, por qué no entiendes que haya tanta gente identificándose con algo tan pequeño.
Aguantas seis canciones tratando de subirte otra vez al bote, de recuperar la fe en el momento, empero sabes que si te quedas quieto el crack avanzará rebasando tus tejidos como un cáncer linfático, situándose a escasos metros de las cosas indiscutiblemente válidas, las cosas que ni has adquirido ni heredado, las que han ido conformando los pilares que aun piensas te mantendrán vivo. Antes de que eso ocurra tomas el hombro de tu amigo y le explicas que te vas a ir pero que no se preocupe, que todo va la mar de bien, él te mira estupefacto sin saber que decir y te deja marchar.
Ya en la calle apresuras el paso tanto como para confundir avanzar con una carrera, procuras tomar diez metros de ventaja respecto a tu perseguidor, los diez metros que crees son suficientes para mañana levantarte e intentarlo de nuevo.
5

Ella sale del cuarto a recibir la llamada en la otra habitación. Hago zapping mientras la espero y lo hago incansablemente durante un buen rato porque no es una llamada normal, es una de esas que te tienen pegado al auricular del teléfono durante horas. Al poco mi atención va descentralizándose, se separa del televisor empujada hacia atrás, hacia la raíz de la visión para luego hincharse a través de la estancia hasta golpearse contra las paredes. Fuera ha comenzado a llover. Me levanto del sofá y abro la ventana. Las gotas se arrojan violentamente contra el empedrado de la calle. Una estela de sangre brillante y plateada desciende calle abajo ensuciándose del naranja desteñido que irradian los faroles. La camarera del bar de la esquina prorrumpe sin miedo en mitad de la calle e inicia una improvisada danza de la lluvia mientras sus compañeros la observan divertidos desde el resguardo de la puerta. Grita, se ríe, canta. Pronto desaparece igual que había surgido.
La felicidad arranca a partir del instante en el que uno se imagina haciendo las cosas que le van a hacer feliz, y sólo es plenamente consciente de ello desde el recuerdo, cuando ya lo ha sido. El resto del tiempo la felicidad permanece invisible a nuestra experiencia, o mejor dicho, carece de nombre para ser llamada. Es como un estado emocional al cual solo podemos aspirar una vez se ha marchado, una variedad de cálida nostalgia.
Me imagino fumando en esta habitación, me complacería fumar sólo aquí, en este preciso minuto, mirando la lluvia sin pensar en nada, sin tener la obligación de hacer planes como los de un mañana levantándose, aferrándose a un destino comprometido el día de antes. Seguir la estela del cigarro, buscar el principio de ese humo… ya está. Fácil. Bastante perfecto.

Me dice que ya no puede recordar cómo era antes y yo estoy tentado a preguntarle qué tendría de bueno recordarlo pero me callo. Ha respondido de manera críptica a mi pregunta, no disfruto de su confianza y no quiere de buenas a primeras darme demasiada información sobre su vida privada, aun así me basta, comprendo lo que quiere decir. Hace unos años obtuve una respuesta similar a esta misma pregunta.
Nos refugiábamos de la lluvia apretándonos contra la fachada del polideportivo, una lluvia recurrente que había convertido el por lo común intrascendental camino de vuelta a casa en una conversación interminable.
Yo la miraba sin hablar, como esperando de mi silencio una réplica espontánea y eficaz a su voz, como si bastara una mera dilatación de las pupilas para que las gotas de agua que le descendían por el cabello se convirtieran en lágrimas al resbalar por sus mejillas.
También ella quedó callada, mirándome, y con la insolencia de mis veinte años dije que el pasado es como una casa llena de viejos electrodomésticos que ya no funcionan, un almacén de recuerdos acerca de las cosas que solíamos hacer con ellos.
Parecería idiota oprimir el botón de encendido aun sabiendo que no va a prender pero no obstante lo hacemos, en parte nos gusta y a la larga determina qué es lo que somos.
Nada más decir esto paró de llover. Ambos guardamos silencio al reemprender la marcha. Cuando nos despedimos yo desconocía que no nos volveríamos a ver así que no le di demasiada importancia a concluir la noche con un simple: mañana nos vemos.
Ahora que lo sé ya es solo un recuerdo.
2
Hará cosa de un mes recibí en mi correo dos e-mails casi consecutivamente de dos personas que de un modo u otro desaparecieron de mi entorno sin más. La alegría inicial por recuperar el contacto perdido se trastocó en desilusión al abrirlos y descubrir que no eran más que mensajes spam. Podría no significar nada pero me pareció la tacita y moderna manera de declarar la defunción de un vínculo.
Presupongo que existirán miles de maneras de dar por terminado un vínculo, y que de entre ellas la pareja más mortífera de todas es sin duda el paso del tiempo y la distancia. En otras ocasiones sin embargo basta con una sola frase o incluso con unas pocas palabras desafortunadas de algún otro pasando por tu boca. Lo curioso es que después de la frase, el tiempo y la distancia la verdadera causa del final sea el reencuentro.
A la semana de recibir esos correos después de salir del trabajo como otras tantas veces no me apetecía regresar directamente a casa por lo que me desvié sin un rumbo definido de la geodésica habitual que utilizo a diario. En la esquina de la calle Toledo con la Colegiata bajaban tres jóvenes charlando y riendo. A uno de ellos lo reconocí de inmediato, a pesar de que su pelo ahora fuera rojo y de unas ojeras más marcadas de lo que recordaba encajaba con exactitud con la imagen que guardaba en mi memoria.
No es la primera vez que contemplo un fantasma por eso después de algo más de cinco años no me sorprendió verla de nuevo, se me aceleró el ritmo cardiaco un poco, o tal vez bastante no lo sé. Esperábamos la apertura del semáforo en aceras opuestas lo que me permitió observarla con detenimiento hasta que reparó en mí, tras unos segundos de confusión me reconoció.
Entra dentro de lo posible que en todos esos años de desencuentro gastara prácticamente un cuarto en pergeñar un diálogo si esta situación llegara a acontecer y sin embargo ahora que se me ofrecía la oportunidad abría esa lata y me daba cuenta que ya había caducado.
3

Miro a Elena y a Chopi acordar los planos que se harán durante el rodaje y tengo que morderme la lengua en varias ocasiones para no intervenir y tratar de imponer mi criterio. No hay nada ensayado, solo disponemos de unas pocas horas para rodar, los actores no se saben el guión y el sonidista que voy a ser yo es la primera vez que tiene en las manos un juguete tan fascinante como un Dat. Coqueteamos más con el desastre que con cualquier otra cosa pero es echar a andar y todo fluye, esa cosa va funcionando, como si las exigencias del rodaje impusieran el mejor método por si solas. Conectamos cuatro o cinco momentos mágicos, donde mi grito de sonido se encadena naturalmente con el de cámara, la claqueta y la orden final de acción. El mérito no es nuestro pero el privilegio de disfrutarlo sí que lo es, el mismo que llevaron a John Ford, Welles o Pasolini a hacer sus películas, el prodigio que representa ser testigo de cómo va moldeándose de carne, piel y uñas unas cuantas ideas garrapateadas en un papel.
Le brillan los ojos de la excitación cuando termina el rodaje, me acerco a preguntarle qué le ha parecido todo, si ha disfrutado tanto como yo intuyo que se puede hacer. Me asombra comprobar que ella ya lo había multiplicado por cuatro.
4

Es divertido ver al chico de los Dorian esforzándose por enardecer el ánimo de un público que solo está interesado en vaciar sus minis de cerveza mientras esperan la salida del grupo por el que realmente han pagado su entrada. Hasta ahí es divertido, y lo es porque no es nada de lo que estabas esperando.
Comienzan a lo grande, sabedores de que la gente ya ha justificado la felicidad comprada para la noche de hoy con el simple hecho de verles aparecer en el escenario. Cantas la canción con ellos, formas parte del coro desafinado de la masa por unos instantes, hasta que oyes ese crack interior tan familiar que se ha repetido de diversas formas a lo largo de tu vida, y te preguntas justamente por esto, por qué no entiendes que haya tanta gente identificándose con algo tan pequeño.
Aguantas seis canciones tratando de subirte otra vez al bote, de recuperar la fe en el momento, empero sabes que si te quedas quieto el crack avanzará rebasando tus tejidos como un cáncer linfático, situándose a escasos metros de las cosas indiscutiblemente válidas, las cosas que ni has adquirido ni heredado, las que han ido conformando los pilares que aun piensas te mantendrán vivo. Antes de que eso ocurra tomas el hombro de tu amigo y le explicas que te vas a ir pero que no se preocupe, que todo va la mar de bien, él te mira estupefacto sin saber que decir y te deja marchar.
Ya en la calle apresuras el paso tanto como para confundir avanzar con una carrera, procuras tomar diez metros de ventaja respecto a tu perseguidor, los diez metros que crees son suficientes para mañana levantarte e intentarlo de nuevo.
5

Ella sale del cuarto a recibir la llamada en la otra habitación. Hago zapping mientras la espero y lo hago incansablemente durante un buen rato porque no es una llamada normal, es una de esas que te tienen pegado al auricular del teléfono durante horas. Al poco mi atención va descentralizándose, se separa del televisor empujada hacia atrás, hacia la raíz de la visión para luego hincharse a través de la estancia hasta golpearse contra las paredes. Fuera ha comenzado a llover. Me levanto del sofá y abro la ventana. Las gotas se arrojan violentamente contra el empedrado de la calle. Una estela de sangre brillante y plateada desciende calle abajo ensuciándose del naranja desteñido que irradian los faroles. La camarera del bar de la esquina prorrumpe sin miedo en mitad de la calle e inicia una improvisada danza de la lluvia mientras sus compañeros la observan divertidos desde el resguardo de la puerta. Grita, se ríe, canta. Pronto desaparece igual que había surgido.
La felicidad arranca a partir del instante en el que uno se imagina haciendo las cosas que le van a hacer feliz, y sólo es plenamente consciente de ello desde el recuerdo, cuando ya lo ha sido. El resto del tiempo la felicidad permanece invisible a nuestra experiencia, o mejor dicho, carece de nombre para ser llamada. Es como un estado emocional al cual solo podemos aspirar una vez se ha marchado, una variedad de cálida nostalgia.
Me imagino fumando en esta habitación, me complacería fumar sólo aquí, en este preciso minuto, mirando la lluvia sin pensar en nada, sin tener la obligación de hacer planes como los de un mañana levantándose, aferrándose a un destino comprometido el día de antes. Seguir la estela del cigarro, buscar el principio de ese humo… ya está. Fácil. Bastante perfecto.
domingo, 24 de enero de 2010
una X en el mapa del tesoro

1
Llevo demasiada ropa encima, si me muevo un poco más rápido comenzaré a sudar. Miro de nuevo el reloj y calculo mentalmente el tiempo que tardaré en llegar a la estación. Unos nueve minutos. Mi autobús sale dentro de cinco, tengo que hacer algo más que apurar el paso si no lo quiero perder.
Suelto un buenos días ininteligible entre los jadeos, el conductor sin mirarme hace una pequeña rasgadura en mi billete y me deja subir. Busco mi asiento mientras me juro a mi mismo que la próxima vez me levantaré un cuarto de siglo antes. Mi asiento está ocupado por una mujer filipina de mediana edad, pienso que tal vez se haya equivocado pero ella me muestra su billete con un número idéntico al mío. Regreso a la cabeza del autobús para que el conductor resuelva el entuerto. El billete de la mujer tiene fecha de un día antes. Recoge un par de bolsas de plástico y baja del autobús con la misma cara inexpresiva que utilizó para hablar conmigo. Al arrancar la observo de pie junto a la dársena, inmóvil, sujetando las dos bolsas de plástico como si esperara que el conductor fuera a arrepentirse y regresara a recogerla.
Una incómoda sensación de frío progresa por mi espalda al secarse el sudor bajo la tela. Cierro los ojos con fuerza y trato de conciliar el sueño. No lo consigo, aunque apenas he dormido la noche anterior permanezco ofensivamente despierto las nueve horas que dura el trayecto.
El autobús marcha con retraso. Mando un sms avisando que llegaré tarde. P me responde indicándome que me esperarán en la cafetería de la estación. Cuando por fin el autocar se detiene es ya noche cerrada. Cargo con mi mochila y subo hasta la primera planta de la estación. Me paro delante de la cristalera de la cafetería, buscando con la mirada situar las siluetas de P y de M sentadas en alguna de las mesas. No veo a M. Sí creo distinguir a P, hablando con una persona que no conozco. Maquinalmente doy un paso hacia atrás. Viene a mi cabeza la imagen de la mujer filipina que tuvo que bajarse del autobús por haber llegado un día tarde. Me pregunto cómo se puede llegar un día tarde.
2
M me mira y pregunta que quiero hacer. Beber le digo, quiero beber y cerrar bares. Antes de cerrarlos, sobre el cuarto o el quinto Martini me hace otra de esas preguntas que debería haberme desconcertado, una para la cual no hubiera dispuesto por lo habitual de una contestación precisa pero que sin embargo en esa noche obtiene de mi boca una réplica nítida y efectiva. Un hogar le digo. Por encima de todas las otras cosas. Si de repente apareciese un genio de la lámpara y me concediera cualquier deseo que yo fuera capaz de imaginar pediría ése. Un lugar con cuatro paredes que pudiera decir mío, que albergara todos los comics, todos los libros y otras estupideces que se me ocurriese acumular a lo largo del año. Un lugar al que me apetezca regresar cuando me haya ido, al que necesite regresar. Un lugar que esperase por uno, que no fuera a desparecer si se tarda mucho…
Me sonríe y se queda callada por un momento. Luego baja la mirada, rebusca algo en su bolso y cuando lo encuentra me dice que quiere darme algo y que le gustaría que yo lo aceptase. Su mano izquierda descubre una llave, la desliza unos centímetros por la mesa hacia mí. Es la llave de la casa por la que ha estado prácticamente desviviéndose un año entero. Balbuceo una torpe negativa. Sé que es un regalo simbólico, sé que voy a necesitar más de una para entrar en su casa, pero me aturde aun más por eso, por lo que representa. Al tocar la llave con mis dedos me doy cuenta que ese hogar al que antes me refería no está compuesto por cuatro paredes, una alfombra y un televisor.
3
S entra en el bar llorando. En seguida se arremolina una multitud en torno a ella, la abrazan y le ofrecen consuelo. Cuando llega mi turno también la abrazo pero no sé si hago muy bien lo del consuelo, nunca he consolado a nadie y no tengo ni idea por dónde empezar. Ruego para que mi abrazo supla esa carencia.
S tiene un carácter fuerte y positivo, en muy contadas ocasiones la he visto abatida por más de algunos minutos, así que cuando esto sucede me asusto como si el mundo se fuera a ir a la mierda. Por el contrario es en estas circunstancias, mientras nos abrazamos y ella llora, que la siento más próxima, sus huesos encajando mejor en los míos, como si hubiera bajado dos o tres pisos y llamara a mi puerta en igualdad de condiciones.
Le digo que más tarde iré a buscarla al trabajo y que a la vuelta hablaremos con calma. Ella sabe que estoy cansado, que llevo un par de días sin dormir bien y trata de convencerme para que no vaya. Pero entiende que voy a ir, ella iría por mí, aunque ese gesto no significase ni arreglase nada ella iría. Porque puede ser más o menos importante pero es el momento exacto para estar ahí.
4
Nos contesta que no le apetece salir, que mañana tiene que levantarse pronto para estudiar. De todos modos consiente que pasemos por su casa y alborotemos un par de horas.
R y M están sentadas cada una en un sofá del salón, la tele está prendida aunque nadie le presta atención. Hacemos unos cuantos chistes de bienvenida, ellas se ríen, como aceptando que mañana no se van a levantar temprano para estudiar. Parloteamos de naderías un buen rato, bromeamos y reímos, más tarde D dice que tiene que irse y se despide. Yo no tengo una buena razón para marcharme, tampoco quiero marcharme en absoluto de modo que estiro mi despedida, sin que se den cuenta la prorrogo en la medida que nuestro interés va concentrándose en un solo programa televisivo. Por un instante pienso que me he dejado el portátil encendido en mi cuarto, me levanto y avanzo hasta la puerta del final del pasillo, enciendo la luz pero no veo ningún ordenador, tampoco hay una cama, una estantería o cualquier cosa que se le parezca… Cierro la puerta y abro el grifo del lavabo para encajar con el lugar, lo dejo abierto unos segundos, luego lo cierro.
5
Nos damos un respiro y preparo algo de comer con las cuatro cosas comestibles que sobreviven en la nevera de D. Mientras tragamos una sopa de fideos demasiado picante vemos algún que otro capítulo suelto de Entourage. La serie no me parece el colmo de la diversión pero a los personajes en seguida se les toma cariño. Hablamos un rato de la serie, de lo bueno que es el personaje de Ari, de que ojalá nosotros pudiéramos hacer algo por el estilo.
Llevamos tres noches seguidas apurando la puesta a punto de un corto nacido de la improvisación más absoluta, cansados y sin dormir, intentando encajar las piezas de un lego de diferentes tamaños. A estas alturas D ya se ha dado cuenta que mi capacidad para entender el lenguaje cinematográfico es la misma que la un mono con la tabla de multiplicar del ocho, sin embargo cada vez que abro la boca el tío se detiene a escucharme como si el puto Michael Schumacher del audiovisual bajara a la tierra y dictara un par de consejos sobre el montaje. Me hace gracia que lo haga así que suelo interrumpir de vez en cuando lo que estemos haciendo y soltar alguna chorrada. Me hace gracia que no me haya mandado a tomar por el culo todavía.
6
P me reconoce al entrar por la puerta, se levanta y se dirige hacia mí. Abrazo a P y repito una tercera vez cómo estás. P me presenta a T, le saludo y me siento con ellos. Al punto decido que no quiero quedarme en la cafetería de la estación. Salimos a la calle, no hace nada de frío, me apetecería dejar la mochila y caminar toda la noche, me gustaría sentarme en la arena de la playa y dejar que pasaran los minutos vacios dentro de mí. Hace años me gustaba viajar, me gustaba conocer lugares diferentes, recuerdo que una vez recorrí mil seiscientos kilómetros por carretera, desde Cafayate hasta Santiago de Chile, me pasé casi dos días y medio metido en un autobús… por aquel entonces pronunciar el nombre de una ciudad nueva en voz alta era argumento suficiente como para marcar en el mapa con una x el tesoro escondido. Con el tiempo comprendes que las ciudades se parecen mucho entre sí, que no hay nada demasiado atrayente ni demasiado nuevo que distinga unas de otras. Con el tiempo descubres que las ciudades realmente se distinguen unas de otras dependiendo si en ellas hay o no gente que te está esperando. Con el tiempo aprendes a marcar en el mapa del tesoro la x con el nombre propio de las personas que de verdad importan. Las personas que se han convertido en tu hogar.
viernes, 18 de diciembre de 2009
Días de 24 horas, Noches de 48
Hoy empezó hace dos días, hoy se alarga desde entonces.
I

El miércoles al salir de La Piola no me sentía nada bien, me molestaba un poco la garganta al tragar y me dolía la cabeza. En la calle hacía un frío de narices, como dos o tres grados bajo cero, poco me faltó para ponerme a tiritar. Dejé que D. acompañara a R. a su casa y aceleré el paso de camino a la mía todo lo que pude por ver si entraba en calor. Solo lo conseguí, ya en ella, pegado al radiador como una mancha de café sobre el mapa del tesoro. Calenté las sobras del día anterior y las engullí sin apetito mientras revisaba el correo. No sé si gracias a la comida o al cansancio pero comenzó a entrarme sueño. Logré conciliarlo por tan solo una hora, a las cuatro y media estaba más despabilado que un perro delante de una farola. Encendí de vuelta el ordenador y abrí una página de word por si sonaba la flauta y terminaba de escribir el texto para el corto. La verdad es que me encontraba peor, la garganta me dolía ya de manera respetable y me notaba torpe y aturdido como cuando tienes fiebre. Seguramente la tenía, no una fiebre digna de admiración pero fiebre al fin y al cabo. Unas décimas hubiera dicho mi madre, nada, nada. De pequeño hacia trampas para subir la temperatura del termómetro con el propósito de comprobar a partir de qué grado o décima una enfermedad adquiría un nivel preocupante. Una vez lo puse a cuarenta pero mi madre en seguida me caló la cara de mentiroso y ni le pasó por la cabeza continuarme el teatro. Tuve suerte un año más tarde, tendría yo unos ocho, y lo cuarenta y pico me vinieron de forma natural. Ni con baños de colonia me bajaba. Mi madre estaba histérica y mi padre llamó a urgencias. Los de urgencias se negaron a mandarnos una ambulancia, recuerdo los gritos de mis padres en la sala discutiendo por teléfono con la operadora durante un buen puñado de minutos mientras yo “agonizaba” en mi habitación. Al final me llevaron al hospital en un taxi, cuando llegué me desnudaron, me tumbaron en una cama y nadie me prestó más cuidado hasta que la fiebre bajó por su cuenta y me devolvieron a los brazos de mi madre. Curiosamente la vuelta si la consiguieron mis progenitores hacerla en la maldita ambulancia oficial, aunque en esos momentos ya no tenía gracia, ni me estaba muriendo ni sonaba la bocina.
Algo de fiebre hube de contagiarle al norton de mi portátil que se arrancó a bloquear conexiones a diestro y siniestro, a preguntarme cosas que no entendía y a elaborar protocolos larguísimos para vete a saber qué sospechosas funciones. Mi paciencia con la tecnología no es mayor que la que pueda tener un pastor de cabras por lo que resolví atacar el nudo gordiano a las bravas y, claro, el Windows se colgó. En otra ocasión me hubiera desesperado pero esa noche me la traía al fresco. Me levanté y fui a la cocina. Ya había cenado empero como me aburría decidí cocinar unos macarrones con verduras. Un vez listos me senté delante de mi hortera y colapsado fondo de pantalla a esperar que todo volviera a la normalidad. Y volvió milagrosamente con el último bocado. Al apartar el plato del escritorio me di cuenta que lo había apoyado sobre varias hojas en blanco que contenían diversos dibujos de otras tantas noches de insomnios. Uno de los peor parados fue un retrato que había hecho de M. Me jodió porque había quedado bastante bien. Lo repetí utilizando el ridículo lápiz del Ikea que había utilizado en el original. Eso terminaba con la amanecida, las ocho de la mañana, quince álbumes de música nuevos en mi disco duro y la misma impoluta hoja en blanco del Word.
II

De nueve a doce veo una peli, escribo algo sobre ella, me desperezo, me levanto, apago el ordenador, hago una llamada, me ducho, abro el grifo del agua caliente hasta el límite de resistencia de mi piel, me rindo, me ducho, esta vez con normalidad. Salgo del baño, elijo que ponerme, agarro el teléfono y hago otra llamada. Voy a ser tío, ya es bastante seguro, eso me levanta el ánimo durante un rato, luego enciendo el televisor, cocino otra vez, mastico con gula, por tedio y se me pasa. Son las cuatro, hace frío, podría ir al cine pero no me apetece, me apetece caminar hasta que la batería de mi mp3 reviente, pensar a ratos y estar triste. Recargo mi móvil, me siento estúpido, como llenar el depósito de gasolina de un coche en un garaje. Podría llamar a C. y decirle que no voy a ir a la cena de navidad de ex estudiantes de derecho, pero me apetece verle, lo que no me apetece es repetir las conversaciones que sé que se repetirán como si no hubieran pasado siete, ocho años… Es la cuarta vez que suena Manifiesto Desastre de N. V. y no puedo meter la mano en el bolsillo interior de mi cazadora porque me muero de frío, sigue sonando cuando me llama L., creo que es L., pero en realidad es F., T. está enfermo y me pregunta si puedo ir a sustituirlo, no lo pienso cuando digo que sí, la verdad que tengo un humor de perros en este momento, pero al menos si echo siete horitas podré comprarle a S. los zapatos de invierno que le prometí por su cumpleaños. Sigo caminando, dejando que pase el tiempo, anotando mentalmente cada que intervalo los termómetros urbanos descienden un grado. Le mando un mensaje a C. y le digo que no puedo ir, me llama, le sorprende que esté trabajando, pues sí, es lo hay, ya me gustaría que mi plan hubiera funcionado, quedamos para dentro de unas semanas, de verdad que tengo muchas ganas de verle. Gracias a dios me encuentro con Miss T., Miss T. está un poco loca y eso me agrada, gracias a la suya, a su locura, no tengo que insistir demasiado en la mía para generar un clima ficticio de recreo que se aleje un tanto del opresivo clima de trabajo, un clima de trabajo que te hace pensar que tienes treinta y un años, así lo escribe, y un futuro tan provisional e incierto como la selva del amazonas. Me esfuerzo, me sorprendo, he cambiado el chip en un cero coma dos y casi puedo pasar por un tío simpático, un tío graciosete, a veces incluso pesado, puedo pasar un poco desapercibido si quiero, y lo hago bien hasta el último minuto, en el último minuto pincho el globo, siete horas aguantando el empate como un campeón y en el descuento me meto un gol en propia meta, bravo. Se despiden, se van y yo todavía tengo tanta energía que estoy seguro de no poder pegar ojo otra vez esta noche. Aprieto el imaginario botón rojo en un par de ocasiones, imaginariamente deshilacho una blanda misantropía que progresa al ritmo que lo haría una estadística de obesidad infantil dentro de un Burger King. Busco canciones melancólicas en mi reproductor y estiro la vuelta a casa, habituándome de nuevo a fijar a los seres humanos en el fondo visual del paisaje y no ya de manera individual, no con sus nombres y apellidos sino con sus colores, sus movimientos, el volumen, la estela, detrás, que van dejando a su paso y que ya no es suya…
I

El miércoles al salir de La Piola no me sentía nada bien, me molestaba un poco la garganta al tragar y me dolía la cabeza. En la calle hacía un frío de narices, como dos o tres grados bajo cero, poco me faltó para ponerme a tiritar. Dejé que D. acompañara a R. a su casa y aceleré el paso de camino a la mía todo lo que pude por ver si entraba en calor. Solo lo conseguí, ya en ella, pegado al radiador como una mancha de café sobre el mapa del tesoro. Calenté las sobras del día anterior y las engullí sin apetito mientras revisaba el correo. No sé si gracias a la comida o al cansancio pero comenzó a entrarme sueño. Logré conciliarlo por tan solo una hora, a las cuatro y media estaba más despabilado que un perro delante de una farola. Encendí de vuelta el ordenador y abrí una página de word por si sonaba la flauta y terminaba de escribir el texto para el corto. La verdad es que me encontraba peor, la garganta me dolía ya de manera respetable y me notaba torpe y aturdido como cuando tienes fiebre. Seguramente la tenía, no una fiebre digna de admiración pero fiebre al fin y al cabo. Unas décimas hubiera dicho mi madre, nada, nada. De pequeño hacia trampas para subir la temperatura del termómetro con el propósito de comprobar a partir de qué grado o décima una enfermedad adquiría un nivel preocupante. Una vez lo puse a cuarenta pero mi madre en seguida me caló la cara de mentiroso y ni le pasó por la cabeza continuarme el teatro. Tuve suerte un año más tarde, tendría yo unos ocho, y lo cuarenta y pico me vinieron de forma natural. Ni con baños de colonia me bajaba. Mi madre estaba histérica y mi padre llamó a urgencias. Los de urgencias se negaron a mandarnos una ambulancia, recuerdo los gritos de mis padres en la sala discutiendo por teléfono con la operadora durante un buen puñado de minutos mientras yo “agonizaba” en mi habitación. Al final me llevaron al hospital en un taxi, cuando llegué me desnudaron, me tumbaron en una cama y nadie me prestó más cuidado hasta que la fiebre bajó por su cuenta y me devolvieron a los brazos de mi madre. Curiosamente la vuelta si la consiguieron mis progenitores hacerla en la maldita ambulancia oficial, aunque en esos momentos ya no tenía gracia, ni me estaba muriendo ni sonaba la bocina.
Algo de fiebre hube de contagiarle al norton de mi portátil que se arrancó a bloquear conexiones a diestro y siniestro, a preguntarme cosas que no entendía y a elaborar protocolos larguísimos para vete a saber qué sospechosas funciones. Mi paciencia con la tecnología no es mayor que la que pueda tener un pastor de cabras por lo que resolví atacar el nudo gordiano a las bravas y, claro, el Windows se colgó. En otra ocasión me hubiera desesperado pero esa noche me la traía al fresco. Me levanté y fui a la cocina. Ya había cenado empero como me aburría decidí cocinar unos macarrones con verduras. Un vez listos me senté delante de mi hortera y colapsado fondo de pantalla a esperar que todo volviera a la normalidad. Y volvió milagrosamente con el último bocado. Al apartar el plato del escritorio me di cuenta que lo había apoyado sobre varias hojas en blanco que contenían diversos dibujos de otras tantas noches de insomnios. Uno de los peor parados fue un retrato que había hecho de M. Me jodió porque había quedado bastante bien. Lo repetí utilizando el ridículo lápiz del Ikea que había utilizado en el original. Eso terminaba con la amanecida, las ocho de la mañana, quince álbumes de música nuevos en mi disco duro y la misma impoluta hoja en blanco del Word.
II

De nueve a doce veo una peli, escribo algo sobre ella, me desperezo, me levanto, apago el ordenador, hago una llamada, me ducho, abro el grifo del agua caliente hasta el límite de resistencia de mi piel, me rindo, me ducho, esta vez con normalidad. Salgo del baño, elijo que ponerme, agarro el teléfono y hago otra llamada. Voy a ser tío, ya es bastante seguro, eso me levanta el ánimo durante un rato, luego enciendo el televisor, cocino otra vez, mastico con gula, por tedio y se me pasa. Son las cuatro, hace frío, podría ir al cine pero no me apetece, me apetece caminar hasta que la batería de mi mp3 reviente, pensar a ratos y estar triste. Recargo mi móvil, me siento estúpido, como llenar el depósito de gasolina de un coche en un garaje. Podría llamar a C. y decirle que no voy a ir a la cena de navidad de ex estudiantes de derecho, pero me apetece verle, lo que no me apetece es repetir las conversaciones que sé que se repetirán como si no hubieran pasado siete, ocho años… Es la cuarta vez que suena Manifiesto Desastre de N. V. y no puedo meter la mano en el bolsillo interior de mi cazadora porque me muero de frío, sigue sonando cuando me llama L., creo que es L., pero en realidad es F., T. está enfermo y me pregunta si puedo ir a sustituirlo, no lo pienso cuando digo que sí, la verdad que tengo un humor de perros en este momento, pero al menos si echo siete horitas podré comprarle a S. los zapatos de invierno que le prometí por su cumpleaños. Sigo caminando, dejando que pase el tiempo, anotando mentalmente cada que intervalo los termómetros urbanos descienden un grado. Le mando un mensaje a C. y le digo que no puedo ir, me llama, le sorprende que esté trabajando, pues sí, es lo hay, ya me gustaría que mi plan hubiera funcionado, quedamos para dentro de unas semanas, de verdad que tengo muchas ganas de verle. Gracias a dios me encuentro con Miss T., Miss T. está un poco loca y eso me agrada, gracias a la suya, a su locura, no tengo que insistir demasiado en la mía para generar un clima ficticio de recreo que se aleje un tanto del opresivo clima de trabajo, un clima de trabajo que te hace pensar que tienes treinta y un años, así lo escribe, y un futuro tan provisional e incierto como la selva del amazonas. Me esfuerzo, me sorprendo, he cambiado el chip en un cero coma dos y casi puedo pasar por un tío simpático, un tío graciosete, a veces incluso pesado, puedo pasar un poco desapercibido si quiero, y lo hago bien hasta el último minuto, en el último minuto pincho el globo, siete horas aguantando el empate como un campeón y en el descuento me meto un gol en propia meta, bravo. Se despiden, se van y yo todavía tengo tanta energía que estoy seguro de no poder pegar ojo otra vez esta noche. Aprieto el imaginario botón rojo en un par de ocasiones, imaginariamente deshilacho una blanda misantropía que progresa al ritmo que lo haría una estadística de obesidad infantil dentro de un Burger King. Busco canciones melancólicas en mi reproductor y estiro la vuelta a casa, habituándome de nuevo a fijar a los seres humanos en el fondo visual del paisaje y no ya de manera individual, no con sus nombres y apellidos sino con sus colores, sus movimientos, el volumen, la estela, detrás, que van dejando a su paso y que ya no es suya…
lunes, 23 de noviembre de 2009
I'm Not From China

Te despides en la puerta de sus casas con una sonrisa gastada en la cara y el alma a la altura de la suela de los zapatos. Podría si caminaras mucho elevarse al mismo nivel de la fatiga, y así de entre toda la confusa masa de las demás que grita en ti reconocerla con la misma facilidad con la que señalarías una gota de sangre en una hoja en blanco.
Tienes frío y la solitaria rayita de batería en tu mp3 no augura nada bueno, aun así te crees con fuerza suficiente para caminar en dirección contraria a tu piso. Subes el volumen de la música mientras vas esquivando a los borrachos que vomita a intervalos la resaca del fin de domingo en La Latina. De cuatro irrisorios gigas no encuentras ninguna canción que logre subirte la moral a excepción de The Rolling People, pero después de escucharla varias veces pierde su efecto, pasa a convertirse en parte del ruido de fondo, del yo sufro, yo quiero, yo me voy…
…
Don't even know which way I'm going to
The lights are on and I am feeling blue
I hope you know which way I'm going to fly
Thank you for my life
I said good night, good-bye
You see me going
But here we are the rolling people
Can't stay for long
We gotta go
So come alive with the rolling people
Don't ask why
We don't know now
Yeah
Uno no puede irse permanentemente, uno no puede despedirse más que una vez por día, uno no puede alargar más que unos escasos minutos el adiós, el buenas noches, nos vemos.
En Plaza de España te intercepta un guiri con un pedo tremendo, lo ignoras pero se apresura detrás tuya y te agarra del brazo. Te pregunta una dirección mirándote a través de la tiniebla que el alcohol ha tejido en su mente, con una súplica desesperada en el gesto. Le tomas del hombro y le muestras hacia dónde debe dirigirse. Te da las gracias muy efusivamente y compruebas como se aleja dando tumbos justo por el camino opuesto al que tú le habías indicado. Exactamente tan idiota como tú.
En Moncloa la tregua que la música te había concedido desaparece con la batería del mp3, te deja solo, a merced del ruido de fondo, del peligro que supone la aparición de la silueta de otro ser humano al final de la calle en las dos horas largas que implicaría un regreso a tiempo. Pero extrañamente ese no es un motivo suficiente para continuar caminando. Te quedas quieto sin saber qué hacer, observando incrédulo la indiferencia con la que responde a tu mirada la pantalla muerta del reproductor.
Supones que es triste, es triste pensar cuán ridículas son las razones que te impelen a arrastrar tus pies detrás de algo, cuánto se parece esta noche a muchas otras que ya han pasado, lo poco de nuevo que te va a suceder a partir de ahora en esta maldita página biográfica llena de puntos suspensivos que no significan una mierda.
Es entonces cuando piensas que más te valdría haber nacido en un lugar y en un momento diferente, que mejor sería también aceptar la vida de cualquier otro, con una obligación cotidiana desde las nueve de la mañana a las siete de la tarde, un hogar que pagar a plazos y un amor que resumir en media docena de fotos sobre el aparador del salón.
Como no quieres seguir escuchándolo te tapas los oídos, le das la espalda, te vas.
Te gustaría tanto poder despedirte de ti mismo en este momento y marchar, decir, bueno, adiós, buenas noches, nos vemos…
… tan alto como la voz del poeta, tan rotundo, tan tajante, tan exacto como ya lo dijo ese otro, decir…
Yo me callo, yo espero
hasta que mi pasión
y mi poesía y mi esperanza
sean como la que anda por la calle;
hasta que pueda ver con los ojos cerrados
el dolor que ya veo con los ojos abiertos.
lunes, 26 de octubre de 2009
¿Feeds?
¡Dios santo! ¿Sabéis lo que es un feed?
Una fuente web (usualmente canal web o web feed) es un medio de redifusión de contenido web. Se utiliza para suministrar información actualizada frecuentemente a sus suscriptores. En su jerga, cuando una página web "redifunde" su contenido mediante una fuente web, los internautas pueden "suscribirse" a ella para estar informados de sus novedades. Los interesados pueden usar un programa "agregador" para acceder a sus fuentes suscritas desde un mismo lugar. (ft: Wikipedia)
Yo hasta hace unos días como que tampoco. La definición de la Wikipedia parece refererirse a un proceso bastante inofensivo, pero una leche! de inofensivo. Para una vez que me decido a publicar más de un post por mes va el “sustrato” Blogger y pasa olímpicamente de mi culo, no actualiza mis nuevas entradas en los blogroll de páginas amigas, (que digámoslo bien claro, suponen el ochenta por ciento de mis lectores), mantiene una de la semana anterior, esa que ya se han leído y que no les apetece volver a leer porque en realidad no había ni chicha ni limoná. Y si no te leen es como si no hubieras escrito, y si no has escrito no tiene mucho sentido tener un blog, y si no tienes blog tal vez tengas apagar el ordenador y ya no quede otra que volver a salir a la calle, a codearte con toda esa gente idiota que va a trabajar, que levanta este país, tiene hijos, compra teles de plasma y se acuesta viendo Sálvame Deluxe.
Pues he estado a un tris, pero ahora sé que es un feed y lo que representa, así que estoy más o menos a salvo. Después de mucho dale que te pego, de conseguir mi "propio" feedburner, de desecharlo porque tampoco funcionaba, de volver al atom de toda la vida, de comprobar que seguía sin actualizarme, de intentarlo luego con rss, de repetir el procedimiento un par de veces… uf, uf… Al final he tenido que linkarme a mí mismo en un blog de pruebas y publicar chorradas con títulos como jjjj, kkkk, pooo, estoyhastaloshuevos, etc. para que de una vez por todas Blogger me reconozca como no-muerto y aparezca de nuevo a la cabeza de vuestros blogrolls.
Hacedme caso, en esta granja de locos que es internet cuando veáis pasar las palabras: rss, atom, feedburner o similares… cuadraros y poner la mano derecha sobre vuestros corazones como si sonara el himno norteamericano, porque sin esas cosas no importa lo mucho que te afanes en llevar tú palabra a la casa del vecino, a buen seguro que no saldrá de la tuya.
¡Ay, qué sería yo sin vosotras!
(Disculpad mi lenguaje "juvenil", es que he pasado muchas horas leyendo foros en internet para ver cómo podía solucionar el problema).
Una fuente web (usualmente canal web o web feed) es un medio de redifusión de contenido web. Se utiliza para suministrar información actualizada frecuentemente a sus suscriptores. En su jerga, cuando una página web "redifunde" su contenido mediante una fuente web, los internautas pueden "suscribirse" a ella para estar informados de sus novedades. Los interesados pueden usar un programa "agregador" para acceder a sus fuentes suscritas desde un mismo lugar. (ft: Wikipedia)
Yo hasta hace unos días como que tampoco. La definición de la Wikipedia parece refererirse a un proceso bastante inofensivo, pero una leche! de inofensivo. Para una vez que me decido a publicar más de un post por mes va el “sustrato” Blogger y pasa olímpicamente de mi culo, no actualiza mis nuevas entradas en los blogroll de páginas amigas, (que digámoslo bien claro, suponen el ochenta por ciento de mis lectores), mantiene una de la semana anterior, esa que ya se han leído y que no les apetece volver a leer porque en realidad no había ni chicha ni limoná. Y si no te leen es como si no hubieras escrito, y si no has escrito no tiene mucho sentido tener un blog, y si no tienes blog tal vez tengas apagar el ordenador y ya no quede otra que volver a salir a la calle, a codearte con toda esa gente idiota que va a trabajar, que levanta este país, tiene hijos, compra teles de plasma y se acuesta viendo Sálvame Deluxe.
Pues he estado a un tris, pero ahora sé que es un feed y lo que representa, así que estoy más o menos a salvo. Después de mucho dale que te pego, de conseguir mi "propio" feedburner, de desecharlo porque tampoco funcionaba, de volver al atom de toda la vida, de comprobar que seguía sin actualizarme, de intentarlo luego con rss, de repetir el procedimiento un par de veces… uf, uf… Al final he tenido que linkarme a mí mismo en un blog de pruebas y publicar chorradas con títulos como jjjj, kkkk, pooo, estoyhastaloshuevos, etc. para que de una vez por todas Blogger me reconozca como no-muerto y aparezca de nuevo a la cabeza de vuestros blogrolls.
Hacedme caso, en esta granja de locos que es internet cuando veáis pasar las palabras: rss, atom, feedburner o similares… cuadraros y poner la mano derecha sobre vuestros corazones como si sonara el himno norteamericano, porque sin esas cosas no importa lo mucho que te afanes en llevar tú palabra a la casa del vecino, a buen seguro que no saldrá de la tuya.
¡Ay, qué sería yo sin vosotras!
(Disculpad mi lenguaje "juvenil", es que he pasado muchas horas leyendo foros en internet para ver cómo podía solucionar el problema).
jueves, 22 de octubre de 2009
La LLuvia Ayuda a No Ser Yo

La lluvia me ayuda a no ser yo, aleja un poco lo mío para que su lugar lo ocupe una tristeza blanda, amable y marchita. Y mientras ella se queda siento que puedo llegar a ser otro del que soy, no distinto, sólo parecido… tal vez mejor.
La lluvia me ayuda a respirar. A recordar cómo lo hago y porqué.
Llueve esta noche en Madrid. No hay absolutamente nadie por la calles y nadie a mí se acercará a pedirme un cigarro o a preguntarme una dirección, puedo caminar a mis anchas sin dirección ni intromisiones hasta que me dé la gana, hasta que dure la lluvia o se haga de día, hasta que me canse.
De vez en cuando ignorándome pasa calle arriba un auto como un animal de otra especie, huraño de sí mismo, abriéndose paso entre el repiqueteo incesante de la lluvia sobre el asfalto. Mañana, o más bien hoy en la tarde regresa mi hermana de sus segundas vacaciones, hace un par de semanas me pidió que pasara por la casa de mis padres y regara las plantas. Supongo que no están muertas, supongo que para ellas dos semanas sin agua no son lo mismo que dos semanas para mí. No tiene mucho sentido que vaya a regarlas esta noche con esta lluvia pero haciéndolo aprovecho y gasto del insomnio algunas horas de ceremonioso aburrimiento, revolveré y mancharé ciertas cosas por la casa para que vea que me he preocupado.
Al llegar abro las ventanas porque huele a cerrado y a humedad pero tras un rato tengo frío y las cierro. Enciendo la tele, hago zapping indiscriminado hasta que se me despierta el hambre. Me levanto y preparo un improvisado guiso con todo lo que está a mano. Mientras como me siento de nuevo delante del televisor, aunque ya sin prestarle atención.

No quiero amodorrarme en el sofá por eso me incorporo y voy hasta mi antigua habitación. Hay cuatro cajas enormes apiladas junto a la cama, contienen parte de los libros que fui acumulando en mi juventud. En una de ellas encuentro diversos archivadores con estúpidos relatos que no me entretengo a revisar. Debajo, en una carpeta infantil descubro un viejo manga de Naoki Urasawa y una joya que creía perdida, cinco tebeos del Príncipe Valiente en su edición original en fascículos. Pese a que de pequeño siempre le dediqué más tiempo y pesetas a los cómics de Spiderman y de los X-Men guardaba especial cariño a aquellas tardes de siestas que yo me negaba a dormir porque prefería devorar el único cómic que heredé de la exigua biblioteca de mi padre. Entre las hojas sueltas del genio Hal Foster me aguarda otra sorpresa, trece páginas de mi propio esfuerzo y entusiasmo, el segundo cómic serio que dibujaba en mi vida después de una particular versión de Dragon Ball. Recuerdo que partió de mi hermana la idea primigenia, aunaba prácticamente todos los clichés de la serie de novelas Dragonlance, pero enseguida me desentendí de sus aportaciones y me apoderé del control de la historia. Mientras mis amigos comenzaban a emplear sus fines de semanas en ocupaciones pro-adolescentes yo apuraba la luz de las tardes escuchando viejos éxitos de M80 Radio y desangrando bolígrafos.

Una floja y peligrosa sonrisa proveniente de la memoria pende de mi boca, aproximándome otra vez a la persona de la que he huido unas horas antes gracias a la lluvia, encarnándome, comprimiéndome para dejar de ser el-parecido a mí y ser el-yo de nuevo. Activo mi cuerpo procurando retrasar este momento inevitable unos minutos más, me incorporo y guardo mis tesoros en la bandolera. Antes de salir me fijo en el lomo negro de un libro de la inconfundible editorial Cátedra, es una antología de Carlos Bousoño. Es curioso que en mis anteriores redadas me hubiera pasado desapercibido, fueron sólo libros de poesía los que rescaté cuando me fui.
Las páginas que están dobladas indican poemas que me gustaron cuando lo leí; hojeo alguno preguntándome que fue lo que en su momento me sedujo de ellos. Obtengo respuesta de tan solo uno, leo un fragmento en voz alta y salgo a la calle por fin.
[…]
Llovía en la ciudad inmensamente
y hacía frío además, pero tú ibas
bajo el agua torrencial, enjuta; indemne
en otro sitio
irrespirable, caluroso, seco,
bajo de techo, sin ventanas, pobre,
allá en otra estación
de otro tiempo tal vez,
donde tú padecías, sin mojarte
jamás
[…]
martes, 20 de octubre de 2009
I Love You But I've Chosen Darkness

No, sólo son las siete de la mañana y no puedo dormir. Sí, ya lo he intentado.
Cuando el nombre de vuestra banda es más largo que cualquiera de los títulos de vuestras canciones los fans tienen un grave problema a la hora de recordar a sus colegas cómo sois de buenos.
Los tejanos de I Love You But I've Chosen Darkness se llevan la palma. Es uno de esos grupos que independientemente de lo bien que suenen están condenados a las minorías o a la extinción. En nueve años sólo se han currado el Ep de bautismo y un álbum (Fear Is on Our Side), lo que sin duda no ayuda para el caso. Además su página web ha expirado y su myspace no se mueve desde mayo… hacendosos no parecen ser los muchachos… o también puede que a estas alturas ya estén muertos.
A mí me gustan, justamente por eso, porque cabe la posibilidad que a excepción mía en este momento nadie más tenga una carpetita con su nombre en el mp3.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Flesh For Lulu

Estoy escuchando Let Go, un temazo de Flesh For Lulu, difunta banda de la cual ustedes no tienen ni puta idea, pero no pasa nada, porque yo casi que tampoco. Ha surgido en mi ordenador a un click de más de doscientos gigas de álbumes que hay en una carpeta con un sencillo “música” por título. Toda la información que de ellos facilita allmusic.com, (tal vez la enciclopedia web más importante de música anglosajona), es un sucinto:
This British band (1983-87) had a gloomy Gothic punk sound. "I Go Crazy" was a college radio hit.
I Go Crazy… la verdad, suena a petardeo ochentero del barato, no así los dos primeros discos que les recomiendo si no tienen mejor cosa que hacer.
¿Y qué hago yo a las tantas de la madrugada escuchando a unos punkis de pasarela? Pues trataba de escribir algo nuevo en este blog de mierda que tengo pero me ha entrado sueño así que mejor me voy a ir a la cama, otro día les descubro cómo ligar con una camisa hawaiana o cómo dar credibilidad a un discurso con tan solo cambiar de acento.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Trying to Kill These Vampires

Este soy yo. Tengo doce años y estoy desnudo frente al espejo. Mis padres duermen en la habitación contigua. He cerrado la puerta del baño con el pestillo tratando de realizar el menor ruido posible. Puedo ver mi corazón latir dentro del pecho, ajeno a mí, indiferente a lo que estoy dispuesto a hacer. He cogido unas tijeras del neceser de mi madre, una de esas minúsculas que se utilizan para cortar las pielecitas que afean el contorno de las uñas. Pellizco la yema del dedo índice de la mano izquierda con ellas, las abro y las cierro una y otra vez sobre la carne, evaluando la resistencia de la piel a la presión que yo ejerzo. Aumentándola en cada ocasión, preguntándome si sería capaz de romper la ley natural que nos impele a huir del dolor, a protegernos de él. Considero que si las apretara por accidente con la suficiente fuerza para cortarme no habría violado intencionadamente esa ley y aun sufriendo el mismo efecto continuaría sometido a ella. Por lo tanto debo respirar hondo y cruzar ese límite antes de que sea tarde, antes de que mañana, por ejemplo, me caiga de la bici y me rompa el brazo, antes de que las circunstancias dominen el mismo resultado.
Antes de darme cuenta he oprimido violentamente el filo de las hojas contra la superficie hasta conseguir rozar el hueso con la punta una vez cerradas dentro del dedo. La sangre no ha surgido de inmediato, sino uno o dos segundos después de que retirara las tijeras. Ha brotado una enorme gota en el centro del corte, hinchándose como un globo en la boca de un tarado. Luego, rota la tensión superficial, ha resbalado a través del dedo para salpicar de un rojo febril y oscuro en el blanco inmaculado del lavabo. Y detrás ha aparecido el dolor, un dolor intenso, grosero, extendiéndose desde la extremidad hasta la conciencia como si todo desapareciese con él, como si todo le concerniera a él.
Me he asustado porque la sangre no se ha detenido, mana de la herida igual que agua de un grifo entreabierto. Me pregunto si ha existido alguien que ha muerto desangrado por un corte en el dedo. Me pregunto que podría explicarles a mis padres si uno de ellos llegara a levantarse y me viera allí, desnudo, sujetándome la mano izquierda, mirando como la sangre vertida se va deslizando por la curva del lavabo para desaparecer por el desagüe, imaginando como calienta e ilumina la negrura de las tuberías a su paso, como se mezcla con el agua, el jabón, la suciedad de otros ayeres…

Este soy yo. Tengo treinta y un años y estoy tumbado en la cama. Mantengo los ojos abiertos pero no consigo distinguir nada. Me hallo cubierto por diez mil millones de moléculas que irradian oscuridad. Hay tantas a mí alrededor y permanecen tan próximas unas entre otras que no puedo moverme. Se aprietan de tal manera contra mi cuerpo que pareciera que quisieran atravesarlo. A duras penas me resisto, tratando de inspirar a mi modo, evitando el aire que me abraza sólido como la madera de un ataúd, respirando hacia dentro, hacia el pasado, respirando el oxígeno que no gasté horas antes. Aquí, bajo esta luz opaca lo único que me diferencia de los muebles es la memoria, mi capacidad para recordar acontecimientos pasados y darles una continuidad en el tiempo. No obstante si los perdiera todos no me convertiría en uno de ellos. Y no entiendo muy bien porqué. Aunque perdiera la misma capacidad de recordar tampoco sería uno de ellos, incluso si se detuviera el eterno movimiento del pensar no estaría muerto.
La gente suele identificar la muerte con la aniquilación y por ello la teme, tiene miedo de desaparecer, de no ser más, de dejar de ser uno mismo, de perder la identidad. Pero se puede perder ésta y no estar muerto. Eso no lo piensan, piensan que la muerte es el fin, su fin, el fin personalizado de fulanito de tal, del yo con nombres y apellidos. Lo que no temen es que un día bajen a la calle de camino al trabajo y no recuerden como llegar, que tampoco recuerden como regresar a sus casas. Imaginen que olvidan la ciudad en la que viven, que nombre es el suyo, quiénes son sus amigos, con qué personas no cruzaría ni una palabra. Imaginen que aprietan accidentalmente el botón de resetear en sus conciencias. Dejarían de ser lo que son, comenzarían de nuevo, pero no estarían muertos.

Este soy yo. Tengo sesenta y tres años y estoy bebiendo café para no dormirme esta noche. Podría no dormirme en absoluto, podría estar despierto una semana, pienso que me gustaría. Fabulo. Debería existir un método por el cual fuéramos capaces de ahorrar en nuestros cuerpos el excedente de sueño, de dormida, lo que nos sobra esos días que no nos apetece hacer nada y los pasamos tumbados en el sillón. Debería existir un banco del descanso, en el cual nosotros pudiéramos ir guardando, pieza por pieza, unidad por unidad, todos los minutos que pasamos sin mover un músculo, sin gastar energía… para luego, llegado el momento, estuviera a nuestra disposición cuando lo necesitáramos. ¿Por qué debemos dormir todos los días? ¿Y por qué además comer todos los días? ¿Por qué no es posible ingerir el alimento de toda una semana en uno? Y así olvidarse del desayuno, de la comida, de la cena, de ir a la compra, de buscar las ofertas, de elegir que es lo que te gusta, que es lo que te apetece, de subir a casa cargado y disponerlo todo en nevera y armarios, de verter aceite en una sartén, de encender el fuego, de hervir el agua antes de echar el arroz… ¿no sería mejor dedicarse a ello tan sólo y concienzudamente una vez por mes, por semana como mucho?
La naturaleza posee un carácter cíclico, rutinario, exige unos mínimos diarios a cumplir, y con eso le basta, el superávit se desecha, es desperdiciado, hay conformidad con el suficiente, con un cinco pasas a la siguiente jornada, los ochos y los nueves no son recompensados, de hecho se penalizan, si te pasas debes abonar el sobrante hasta recuperar de nuevo el equilibrio del cinco.
Sería extraordinario disponer de las palabras exactas un día, no de palabras justas sino de palabras deslumbrantes, palabras con la luz excesiva de un sol, palabras que hagan sangrar los oídos, palabras que lo digan todo de una vez y luego callar para siempre. Sí, sí sería extraordinario, por ejemplo, aprobar con notable alto el curso de amar, de follar, de escribir poesía y olvidarse ya de la tarea. Odiar con sobresaliente en un momento dado, con el pelo, con el estomago, con los dientes, odiar insensatamente y más tarde no odiar mas. También pensar, pensar en esto, en aquello, en lo otro, pensar en lo que ha sucedido, en lo que sucede, lo que está por suceder, pensar en qué quiso decir aquel tío con eso de asustar a un notario con un lirio cortado, pensar en buscar trabajo, en mirar la programación de la tele el miércoles, en regar las plantas, en la miradita de esa anciana esta tarde en el metro… pensarlo todo para mañana no pensar en nada. Mirar con una matrícula de honor guardada en el bolsillo, un país nuevo, la exposición de un don nadie, la puesta de sol en el Templo de Debod, mirar a los ojos a alguien y clavarle el alma junto al puesto de periódicos, mirar con lágrimas en los ojos todo el rato, con el fuego del primer instante, o del último. Mirarlo todo y acto seguido ir a la tienda y comprar unas gafas de sol bien oscuras.
Deberíamos poder elegir.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)